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miércoles, julio 08, 2015

¿Un cuentito? ¿por qué no?


Amiguitos, yo sé que de mis tres lectorcitos sólo me ha de quedar uno o dos y seguramente no van a dar señales de vida, pero me dieron ganas de venir a este cuchitril a dejar un cuentito, a ver si les gusta. Saludos, no me odien.

Puras buenas ideas.


—Sólo inténtalo, para que veas lo que sucede —me sugirió la joven con mirada de plata. ¿Por qué me parecía que sonreía demasiado?

No puedo recordar con claridad cómo llegué a ese lugar. Ambos estábamos sentados en cómodos sillones frente uno del otro: olía a incienso. Había cortinas y ropajes por todos lados, un par de enormes espejos y montón de animales disecados por todas partes: allá en la esquina, un espantoso castor con los dientes expuestos, en la esquina un zorro gruñendo y listo para saltar, enfrente de mí un lobo plateado con los carrillos arrugados: dientes, dientes por todos lados.

—¿Entonces? ¿te animas o no? –Me dijo la chica extendiéndome el pequeño trozo de pergamino con la mano derecha. En la izquierda me ofrecía un lápiz recién afilado.
—Mmm… no sé… ¿Y si me equivoco? ¿y si pido algo y luego me arrepiento? –dije nervioso, al tiempo que tomaba ambos objetos.
—Por eso es con lápiz, tonto. Puedes borrar, pero no lo recomiendo… mira: queda sólo un trozo de papel, se ha ido rasgando y rompiendo con el tiempo… ¡haz la prueba! –me apremió. De súbito parecía ansiosa.

Debí verme confundido, ahí sentado: mirando alternadamente ambas cosas en mis manos como si estuviera negando con la cabeza. Me dieron ganas de un cigarrillo y entonces vino una idea con chispa.

Sin pensarlo mucho, garrapateé: «En la mesa hay unos cigarros nuevos» de pronto nos llegó a ambos una vaharada muy leve. Volteé a ver la mesa y ahí estaba, ¿Qué más iba a estar? una cajetilla nuevecita y sin abrir.

—¡No mames! ¡pide algo importante! –dijo ella, pero yo ya estaba dándole vuelta al lápiz para empuñar la goma y borrar lo escrito. La chica de ojos plateados tenía razón: el papel era ya una miseria a punto de desintegrarse por tanto maltrato. A pesar de que borré con cuidado no pude evitar rasgarlo.
—¡Lo rompiste!
—Te lo voy a pagar.
—¡DAME EL DINERO AHORA! –de pronto su rostro lucía encendido de coraje. Los ojos plateados centelleaban. Recordé que había borrado lo escrito y al mismo tiempo los dos miramos hacia la mesa: La cajetilla había desaparecido. Estaba más sorprendido yo que ella, pero ambos sonreímos con complicidad.

De mi abrigo tomé la cartera. Saqué un montón de billetes y se los entregué. La chica pareció satisfecha y su mirada brillante ofreció una tregua, pero seguía ahí expectante.

—¿Qué más vas a pedir? –preguntó mientras yo volvía a garrapatear sobre el viejo papel. Los cigarrillos reaparecieron sobre la mesa.
—¿Vas a seguir perdiendo el tiempo con cigarrillos?
—Aún no me has dicho de dónde sacaste esto.
—Lo encontré en las manos de un viejo moribundo.
—¿Se lo robaste?
—Más bien me lo dio antes de morir –aseguró ella. No le creí.

La sonrisa extraña y forzada volvió a aparecer en sus labios. En definitiva no iba a quedarme un instante más en ese lugar con ella y esos animales enseñando sus colmillos para siempre, así que me incorporé y tomé mis cosas. Con cuidado doblé el antiguo y frágil papel y lo guardé en mi abrigo para marcharme. Ella se quedó sentada, mirándome en silencio. Antes de cerrar la puerta tras de mí pude ver de reojo cómo su sonrisa falsa se ensanchaba aún más. Los animales de la estancia también parecían sonreír. Incómodo, afronté la helada noche mientras caminé hasta mi departamento.

Al llegar, me encerré para meditar lo que haría con este nuevo poder: El viejo papel estaba en las últimas… «No importa, alcanzaría a escribir (y tal vez borrar) varias buenas ideas». «Por fortuna no soy un sociópata, ni un egoísta que sólo desee riquezas», así que se me ocurrieron puras ideas para mejorar este mundo: Poco a poco resolví problemas profundos como el hambre infantil… la deforestación, la falta de agua, el SIDA… Durante días fui escribiendo buenas ocurrencias en el viejo papel y las cosas simplemente sucedían o aparecían: «en México trabaja sin descanso el descubridor de la cura para el cáncer. Lo va a dar a conocer ahora»

Encendí el televisor y ahí estaba: Simple. La conductora de noticias daba el anuncio de la cura: El descubridor de la vacuna para el cáncer había sido hospitalizado porque presentaba un cuadro extremo de agotamiento. El científico estaba grave y esperaban los doctores que se recuperara.

«Bueno, a veces falla un poquito. Supongo que siempre habrá resultados colaterales impredecibles» pensé mientras recordaba imprecisiones y fallas que tuve al escribir otras cosas en el pergamino «El chiste es contar con una escritura clara y precisa, para que no haya daños secundarios»

Pasé casi una semana sin salir del depa, meditando y garabateando deseos. Casi no borraba por temor de desintegrar el viejo pergamino. Hoy recordé que no había desayunado ni comido nada por estar día y noche sentado, pensando, y el estómago hizo un airado reclamo que empezó desde lo más bajo del vientre hasta que restalló con un lamento ácido que trepó por mi garganta quemándome. Dejé el pergamino y el lápiz en la mesa donde me sentaba a trabajar desde hace unos mil años y fui a prepararme un sándwich-de-lo-que-sea. Pronuncié de nuevo con lentitud: un-sandwich-de-lo-que-sea y las papilas gustativas de mi lengua se retorcieron de placer. La pura expresión me recordó de súbito la voz que amé hace no mil, sino más de dos mil años: Cuando vivíamos juntos.

Sin regresar al estudio me dirigí a la salita que ya empezaba a sumirse en sombras. Aún sin encender la luz pude ver su retrato: coqueta me sonreía mientras adelantaba el níveo hombro hacia la cámara que yo sostuve embelesado en aquél luminoso día que poco a poco se diluía en el recuerdo: Aurora.

Me sorprendí al darme cuenta de que los ojos me goteaban desde antes de tomar el retrato entre mis manos. Terminé por derrumbarme cuando recordé las veces en que con estas manos recorrí los abismos inevitables, pronunciados y prometedores de su tibia tersura. La barrera de los recuerdos estaba hecha añicos cuando pensé: «De todas las cosas que en estos días he pedido, nunca he reclamado algo para mí… realmente solo para mí …»

Como un martillazo, acudieron a mi mente imágenes que creí no volverían jamás: La brillante sonrisa de Aurora. La funesta sorpresa y nuestras miradas cruzándose… el agudo rechinido de llantas sobre el asfalto… y la lluvia gorda que encorva con su peso un inútil ramo de flores sobre mármol blanco y frío… Después del martillazo, una negra guillotina cayendo sin remedio.

Con el retrato en mis manos regresé al estudio y escribí sobre el último espacio que quedaba en los jirones de papel. Las lágrimas me acechaban detrás de mis pensamientos, pero logré contenerlas. Sentado me quedé absorto y olvidé encender las luces. Pasaron las horas. Yo seguía mirando sin ver.

Nada.

Ya era casi medianoche cuando me fui a acostar. Ni siquiera me desvestí. El cansancio terminó por doblegar a la vigilia y no me di cuenta del momento en que cerré los ojos.

Al fin, la manija de la puerta exclamó inaudible, pero inevitable:

¡CLICK!

martes, agosto 12, 2014

Cuento corto

Gracias al buen Guffo, volví a revisar este remedo de blog y me encontré con que hace unos días cumplió nueve años. Sumar tiempo no es sumar amor, lo sé. Pero es inquietante volver sobre los pasos y descubrir cómo redactaba hace tantos años y cómo es hoy. Es como ver una veja película o regresar en una cápsula del tiempo, neta. Si bien he dejado de volver a este sitio con la frecuencia de antes, no he dejado de escribir nunca. Y aunque a veces uno prefiere guardar silencio y escuchar a su alrededor, a veces es buen momento de volver a contar cosas. Aún ignoro si lo haga del todo bien, pero lo que sí sé es que al menos son historias honestas, sinceras y sin pretensiones.

Para celebrar el noveno aniversario de este cuchitril les dejo este pequeño cuentito. Ojalá les guste, y si es así, gracias por dejármelo saber, chicuelos.


Apagón.

Esa noche, Flor subía en el ascensor de su edificio y se fijaba en todos los detalles de la gente que iba ahí encerrada en esa caja metálica junto a ella: El ejecutivo que regresaba del trabajo vestido impecablemente, pero con un tic nervioso muy visible en la mejilla derecha. Daba la impresión de sentirse asfixiado ahí dentro, tiraba corbata continuamente de su corbata como si ésta le apretara demasiado. Su maletín descansaba en el suelo, y al parecer su estado de ánimo también.

La imaginación de Flor la hizo imaginarlo como un perfecto psicópata. Ya sabes, de esos que ni pío dicen, y que caminan de manera discreta, con la mirada baja, pero que secretamente tienen en su refrigerador bolsitas con los restos de las personas que han sorprendido en alguna calle solitaria y poco iluminada. Detrás de sus lentes opacos un par de ojos pequeños desprovistos de brillo miraban al exterior, tal vez midiendo, tal vez sopesando. Flor se había burlado de él repetidas veces, «Es un zoquete, mírenlo. Un bicho raro» El tipo pasaba de largo sin decir nada.

Estaba también la señora López, de unos cuarenta años, que vivía sola en el octavo piso. Era alta, no era hermosa, pero llamaba la atención de los vecinos. Muy reservada y silenciosa. Cuando uno la saludaba sólo hacía un leve ademán con la cabeza. Algunos decían que estaba sola porque el marido la había dejado para irse con una amante más joven que ella, otros contaban que peleaban mucho y que el tipo la golpeaba. Algunos otros presumían de saber la historia completa: El tipo la golpeaba, sí… Sobre todo cuando tomaba. Y el tipo tenía una amante, situación que inclusive ella parecía conocer, pero una tarde que regresó temprano a su casa después de haber estado en el bar con sus amigos toda la tarde, la encontró en la cama con un jovencito que la hacía gritar y estremecerse. Pelearon (el chico salió huyendo discretamente) y entonces ella lo sorprendió con un cuchillo en la panza. Nunca se supo que hizo con el cuerpo, eso decían algunos. Quien sabe.

Los vecinos de piso de la señora López decían que habían visto entrar en repetidas ocasiones a su departamento a una o dos mujeres. No miraban a nadie. No tocaban la puerta. Sólo entraban, estaban ahí durante un buen rato y luego salían sin hacer ruido. Y pensaban que nadie las veía. O no les importaba. ¿Eran amigas? ¿cómplices? ¿de qué? Flor investigó un poco pero la señora López la descubrió husmeando y cuando eso pasó Flor decidió desaparecer por un tiempo hasta que la vergüenza que le hacía arder el rostro pasara. Se ocultó en su departamento durante una semana sin asomar siquiera la nariz. La señora López la había sorprendido in fraganti husmeando en su departamento y eso estuvo muy mal. Nunca dijo nada, pero cuando se encontraban por los pasillos Flor prácticamente se escurría con la mirada baja para caminar a toda prisa y desaparecer de su vista.

En el mismo ascensor y de pie detrás de Flor estaba don Javier, quien había quedado viudo hace 15 años, a la edad de 50. Amargado y solitario ahora, en su juventud había jugado en un equipo profesional de futbol, luego, fue director técnico del equipo, ganaba bien, la vida le sonreía y el futuro parecía promisorio para una persona madura. No tenía hijos, pero su vida entera se centraba en su esposa, más joven que él, hermosa y llena de energía, con una carrera como pianista por delante y que tuvo que morir a manos de aquél borracho que esa horrible tarde conducía su camioneta a exceso de velocidad. Muchos decían que don Javier se había vuelto loco de dolor, que desde entonces buscaba a su esposa en cuanta mujer se encontraba por las calles, que las seguía para asegurarse si no eran ella y que más de una vez trató de suicidarse al recordar con increíble dolor esa ausencia forzada a que lo habían sometido sin preguntar si estaba de acuerdo. Don Javier pasaba meses recluido en su departamento y a veces la gente simplemente pensaba que se había ido a vivir a algún otro lado o que andaba de viaje. A veces tardaba mucho en responder a los toquidos del casero o de alguna vecina que con el pretexto de llevarle su correspondencia o un recado iban a cerciorarse de que el viejo seguía habitando este planeta. Al final siempre respondía a las llamadas a su puerta y todos tranquilos.

Un día no respondió. Lo encontraron colgando de la viga central de su sala. Los ojos desorbitados y la lengua de fuera, meciéndose lentamente.

Alcanzaron a rescatarlo, pero nadie lo agradeció, mucho menos don Javier. En adelante se le vería muy de vez en cuando y siempre como una aparición. No hablaba, ni sonreía. Sólo miraba. Y cuando te miraba podías sentir que esos ojos te traspasaban la nuca, aunque ya hubieras dado vuelta la esquina. Desde hacía poco que Flor sentía que don Javier la miraba más de lo acostumbrado, al cruzar con ella en el vestíbulo del edificio. La ponía nerviosa.

Flor abrió su libro para recordar en que se había quedado. Pero antes alcanzó a ver de reojo a Julián, el vecino del departamento de enfrente. Alto, flaco, y con esa melena que le tapaba la mitad del rostro todo el tiempo. Se decían muchas cosas de él, que perseguía jovencitas, que lo habían detenido más de una vez por haber acosado a chiquillas de quince años a la salida del colegio, aterrorizándolas con su presencia e incluso hubo quien aseguraba que había violado a más de una, pero con amenazas había conseguido que guardaran silencio. Nunca le pudieron probar nada. Hasta que sus padres tomaron cartas en el asunto y habían acudido a amenazarlo: lo matarían y lo colgarían de los huevos si volvía a acercarse al barrio y a las chiquillas. Julián hizo caso y puso a salvo su vida alejándose de esos rumbos, pero aún así daba la apariencia de ser un tipo con el que no conviene toparse a solas. Mucho menos si eres mujer.

Lucía, amiga de Flor le había contado alguna vez que Julián había tenido relaciones con ella en una aventura que duró poco menos de medio año y que a tantas veces de hacerlo, en algún momento estuvo embarazada de él, aunque el tipo la convenció de abortar y deshacerse del problema si es que quería seguir con él. Una vez que lo hizo la abandonó, sin explicaciones, sin adioses, sin lágrimas ni enojos. Sin embargo había otras versiones que aseguraban que Lucía era la acosadora de Julián y que él nunca se involucró con ella.

-Ten cuidado –le dijo Lucía-. No lo conoces, y es peligroso.

No importaba. A Flor le gustaba Julián y le preocupaba todo lo que decían de él. Más de una vez se lo encontró por los pasillos del edificio, en el elevador, o al salir a la calle. A veces le parecía una coincidencia feliz, otras veces sospechaba que no había sido del todo un accidente ese encuentro. Se ponía nerviosa y seguía caminando sin detenerse. Un “¡adiós!” y eso era todo. Luego pensaba que había sido una tonta, que se supone que debería de abrir un espacio para que él se animara a dar el primer paso. Pero, ¿y si era verdad lo que decían? ¿y si era peligroso? ¿y si en lugar de saludarla o iniciar plática se le antojaba otra cosa?

Mientras pensaba en esas cosas lo veía de reojo. Julián debió haberse percatado de eso, porque volteó y la miró. Le sostuvo la mirada unos segundos, inexpresiva y algo fría, para luego mirar hacia arriba, a donde los números luminosos indicaban que el ascensor seguía subiendo. A Flor le quemaba el rostro de ansiedad y vergüenza y al mismo tiempo moría de ganas de volver a ver el rostro de él.

De pronto, las luces parpadearon. El ascensor dio un pequeño brinco. Don Javier farfulló furioso algo incomprensible. La señora López alcanzó a decir un «¡Jesús!». El ejecutivo que se tiraba de la corbata miró hacia arriba como buscando una respuesta en el techo del elevador y soltó un largo suspiro, nervioso. Julián veía al piso y lentamente una pequeña sonrisa apareció en sus labios. A Flor se le cayó el libro de las manos. Fue un parpadeo solamente y un pequeño brinco, el elevador continuó hacia arriba. La señora López recogió el libro y lo devolvió a Flor. No hubo ni un «gracias» ni un «de nada».

Ahpra sí, las luces se apagaron. El elevador murió ahí mismo con el estómago lleno de gente. Se hizo un silencio denso. Las luces de emergencia que se supone deberían de encender no lo hicieron. Flor escuchaba la respiración de todos. El ejecutivo empezó a gritar «¡Hey! ¡Alguien ayúdenos!» trataba de sonar tranquilo y más bien autoritario, pero en realidad su grito se escuchó aterrado. Empezó a golpear las puertas, mientras todos ahí dentro se agitaban ante el gesto de violencia, para luego rendirse. La señora López retrocedió poco a poco hacia una esquina del ascensor. Don Javier guardó silencio absoluto. Julián tampoco hizo ruido.

Afuera no se escuchaba ni un ruido. El apagón era general en toda la cuadra.

-Bueno, tranquilos –dijo Flor- ¿qué les parece si nos tranquilizamos un poco? Podemos platicar de algo, lo que sea, hasta que llegue alguien a ayudarnos…

Una mano le rodeó la cintura, el contacto la hizo saltar un poquito. Pero ya no dijo nada. ¿Sería Julián? Esperaba que sí, que por fin algo sucediera, aunque una oleada de temor le recorrió la espalda. Ya estaba dispuesta a guardar silencio y ver que pasaba, total, estaban entre más gente, ¿qué podía suceder? La mano tiró de ella con fuerza y suavidad al mismo tiempo.

Flor pensó que, efectivamente, era Julián, que por fin se había decidido a actuar, aprovechando ese breve instante donde podían estar a solas aún en medio de la gente. Flor pensó que estaba bien, que podía permitirse una aventura de ese tipo. Que sería un secreto entre dos. Algo que contar. Algo excitante. Fugaz. Oculto.

Empezó a fantasear. ¿Qué pasaría con ellos dos? ¿Sería una aventura y nada más? o ¿tal vez Julián la buscaría más adelante? ¿En realidad eran ciertas todas esas cosas que se decían de él? ¿importaban? ¿cómo debía actuar ella? ¿debía ser mansa y dejarse llevar? o ¿tomar la iniciativa?

El golpe vino desde abajo. Un golpe certero, rápido. Preciso. Una sensación de calor le invadió desde el costado derecho de la espalda. Flor se tocó la blusa y la sintió mojada. Todo empezó a dar vueltas y vueltas con rapidez incontrolable. Entonces lo supo: Ya no le debía nada a nadie. De pronto, el espacio dentro del elevador pareció ensancharse. Las paredes se alejaron una de otra y se perdieron para siempre. El piso desapareció.

Flor se sintió más sola que nunca. Sola en el interior de una cápsula de metal inerte. Sola dentro de su edificio. Cayó poco a poco y en medio de un silencio de terciopelo. El libro se le escapó de las manos que lo habían manchado en la cubierta. Alguien lo tomó sin hacer ruido.

Las luces del elevador se encendieron y con un brinco y un zumbido inquietante reinició su ascenso. Nadie volteó a verla. Nadie se miró entre sí. Nadie dijo nada. Cuando las puertas se abrieron todos salieron en el mismo piso.

Flor se quedó. Ya no tenía que llegar a su casa.


FIN.

lunes, mayo 26, 2014

Penitencia infinita

Hace tiempo que no escribía cuentitos. Aqui les dejo éste:

Penitencia infinita
 
El padre Valentín apuró su desayuno. El día iba a ser complicado desde la misma mañana: recibir en su pequeño despacho al Arzobispo, supervisar el avance de los preparativos de las fiestas del santo patrono, registrar por escrito los crecientes problemas del nuevo dispensario, recoger las ayudas de los benefactores, revisar los faltantes que había en la capilla a raíz del último robo que sufrieron (ya agarrarían a ese infeliz, si dios quiere) y atender los bautizos y servicios del día.

Aún así, sus ocupados pensamientos iban irremediablemente al mismo destino: esperaba con impaciencia la visita de los niños que iban todos los jueves al catecismo. Aunque las clases las daba la señorita Concepción el cura siempre asistía al final para bendecir a los chiquillos y cantar con ellos algunas canciones.

Los pensamientos traicionan. Valentín no podía dejar de pensar en Luisito. Luis, el chamaco de diez años de tez morena tan servicial y educado que se portaba como un verdadero caballerito. Quería conocerlo mejor.

Como conoció a otros.

El cura lo había ocultado bien durante años. Siempre se había sentido atraído hacia los niños, pero con una sensación salvaje difícil de explicar y de contener. Por eso sufría, por tener que ocultar esa atracción. Las niñas eran bonitas, sí, pero los chiquillos... Bueno, eran otra cosa. Eran especiales, por eso le gustaba tenerlos. A los mocosos siempre les daba verdadero terror a la hora de la hora, y eso los paralizaba de tal forma que se dejaban hacer, y sí eso no ocurría entonces había que echar mano de otros recursos: e
sperar a que durmieran, administrarles tranquilizantes o de plano amenazas si la veía muy perdida.

Valentín consideraba que "eran pruebas que dios le enviaba" y entonces pensaba que simplemente fallaba. Sabía que vendría la necesaria penitencia, pero la cumpliría con gusto, y después... A volver a andar. «Dios proveerá»

Se levantó de la mesa al tiempo que intentaba cortar sus pensamientos. En el cuarto de baño se cepilló los dientes, terminó de peinarse y como cada día desde hace mucho tiempo, evitó cruzar frente al espejo: hacía años que la imagen que le devolvía lo ponía muy nervioso: oscilaba como si se viera en la superficie intranquila del agua. Pero no una superficie límpida y cristalina, sino una más bien asquerosa, nauseabunda y negra. Valentín había notado ese paulatino cambio en todos los espejos en que se veía, había sido tan gradual como cuando de pronto un día te das cuenta que ya necesitas lentes graduados porque tu vista no es la de siempre: «si Dios quiere que vea borroso, pues veré borroso. Bendito seas, Señor»

Valentín salió a la calle rumbo a su auto. El sol brillaba y desterraba las tinieblas inundando de tibia luz las calles en lo que casi todos reducimos miserablemente a tres palabras: «un hermoso día» mientras recordamos la letra de alguna buena canción, aunque Valentín hacía años que había dejado de tararear canciones. Ya estaba otra vez pensando en el chiquillo y por eso no pudo darse cuenta de otro detalle que había cambiado: antes, mientras caminaba, proyectaba su sombra sobre el piso, como todo el mundo. Ahora, caminaba rumbo a su auto sin que su propia sombra lo acompañara. La había perdido definitivamente también.

Bueno... una prueba más del Señor. El Señor lo da y el Señor lo quita, bendito seas, Señor.

FIN.

martes, diciembre 10, 2013

¿en qué trabaja el muchacho? Fabricante de cajas de cartón

Me ha costado algo de trabajo recordar algunos de los trabajos que he tenido. No siempre por mi mala memoria, sino porque recordar algunos pasajes de la vida no siempre es tan agradable. No obstante, recordé con claridad la época en que tenía algo así como 150 pesos por capital y tenía que hacer frente a gastos como renta, agua, luz, teléfono, etc. Algunas otras iniciativas de trabajo que tuve habían fracasado memorablemente, así que en medio de la desesperación me dieron un regalito envelto en una caja de cartón corrugado. Chocolates. Cuando lo que me urgía era dinero. Chocolates envinados que me acabé en 10 minutos.

Agradecí el regalo de todas formas, y mientras me terminaba los chocolates empecé a observar la caja en la que venían. Algo similar a esto:



 (imagen que robé descaradamente de por ahí, no hemos matado a nadie)

Si bien la cajita era simpática, la manufactura dejaba mucho que desear (de esa caja, no de las de la foto) así que la desarmé toda en partes para ver por qué fallaba: las piezas mal cortadas, el pegamento no era el apropiado para el material, la pintura tampoco, etc. Recordé que tenía entre mi basurero de materiales de todo para hacer una prueba, así que la hice. Y la cajita que hice me quedó mucho mejor ensamblada, así que decidí invertir mis 150 pesos en más material, pegamentos y pintura. Hice mi patronaje para las piezas y por supuesto que optimicé los recursos. Suena muy ñoño, pero es increíble lo que hace el diseño por este tipo de trabajos: saber utilizar las herramientas y los recursos adecuados: navajas nuevecitas para el corte, brochas y pinceles para el pegamento y la pintura. Cortes para ensamble que facilitaron el armado y por fin terminé con algo así como sesenta cajas en dos diferentes tamaños y de tres diferentes modelos. Como sólo tenía pintura roja, las tapas de las cajas (redonda, cuadrada y de corazón) fueron el detalle de color de las piezas. Con el tiempo fueron reconocidas por ese "detalle"... nunca hice cajas totalmente coloreadas.

Ahora a vencer la pena de ir de tienda en tienda con mis bolsas de cajas a ofrecerlas al detallista. Obvio que hubiera preferido poner un local, pero con los doce pesos que me habían sobrado de la compra de todo no me alcanzaba por más que traté de convencer al rentero de que era un precio justo.

Así que aguantándome la vergüenza (en otro post les cuento acerca de esta horrible sensación) probé a ir de tienda en tienda. No tuve que pisar siquiera el tercer negocio: Vendí todo en algo así como diez minutos. Uno de los negocios me pagó por adelantado y el otro "a consignación" pero les di mi teléfono y me llamaron a los cinco días: uno para pagarme y ambos para ordenar más cajas.

Al los dos meses de iniciar ese negocio ya tenía varios encargos: Un total de ocho tiendas para surtirles cajas ya "de fijo" Les había gustado la calidad del producto. Algunos incluso querían que "les pasara el contacto directo" Así que decidí inventar una de mis primeras marcas con logotipo y todo: ah! cajas y empaques. Yo mismo hacía la impresión en serigrafía de las etiquetas en papel kraft que pegaba en la base de las cajas con mi número telefónico. Les daba un aspecto mucho más profesional. Empecé a cotizar la manufactura de bolsas interiores de papel celofán "para darle más caché"

Para ese entonces ya tenía varios modelos más (en tres tamaños, pequeño, mediano y grande):
Corazón
Circular y tubular
Hexágono
Cuadrada
Folding (con tapas flexibles que "se anudaban" con un hilo trenzado de papel de color)
Ovalada
Rectangular

Y me encontraba haciendo pruebas con los tamaños Premier y Jumbo (jajajaja)

Varios de los clientes me comentaban que les gustaría tener cajas de tal o cual forma o tamaño para que pudieran caber los osos de peluche gigantes, globos, figuritas y cuanta cursilería vendían en sus tiendas de regalos, así que yo evaluaba la viabilidad de generar más "líneas" de productos y si le veía posibilidades las hacía y me las compraban. Para ese entonces ya tenía que manejar órdenes de pedidos y blocs de recibos de pagos.

Lo que nunca me gustó fue la chinga que me ponía haciendo las cajas. Siempre he hecho la "talacha" con gusto: me gusta el trabajo manual. Pero aunque me divertía con un par de cervezas haciendo cajas el gusto no me podía durar mucho tiempo más.

Eran noches de verdadero desvelo midiendo y recortando a mano. Pegando tapas. Y aunque nunca lo hice yo solo, tuve que considerar mandar maquilar diversas piezas para que alguien más me hiciera los cortes (suajes) de las piezas, con tal de incrementar la produccion. Contraté a parientes y amigos para que hicieran el pegado y armado. En mi casa tuve que acondicionar un área como bodeguita y espacio de trabajo. Al poco tiempo empecé a ver por todos lados las "imitaciones" de mis modelos. Algunos clientes quisieron verse muy listos y empezaron a producir sus propias cajas, así que de pronto ya me vi enmedio de la especulación, el regateo y los malos tratos por parte de quienes compraban mis cajas. Empecé a tener problemas de liquidez nuevamente y lo que había sido un negocio productivo y divertido se convirtió en un problema más.

Conociéndome supe que el negocio que me había abierto tantas posibilidades y me había salvado de la quiebra durante casi medio año iba a tronar, decidí acabarlo yo mismo. Terminé de fabricar las cajas que pude con todo lo que tenía en "la bodeguita" y salí con desgano a venderlas. Tardé una semana en colocar LA MITAD de las cajas. Para esas fechas ya me había movido con varios contactos para conseguir un trabajo de medio tiempo en un negocio de diseño gráfico y tenía que ver cómo hacer para terminar mi licenciatura.

Podría seguir contando esta historia hasta lograr recordar con claridad qué fue lo que sucedió que sirvió como "puntilla" del negocio, pero termino de una vez aquí haciendo memoria de esos buenos días donde fabricar como maquinita cajas de cartón corrugado me ayudó a salir del hoyo. Aún hoy a veces me pongo a recordar esos tiempos y no puedo dejar de sonreír con nostalgia.

domingo, agosto 25, 2013

Otro post viejo

Escarbando en mis antiguos posteos me encontré éste que me recuerda mis años de escuincle, lo escribí en 2006. Hace siete años, a ver si les gusta:

jueves, mayo 11, 2006

El mercado

Recuerdo bien el mercado de por la casa de mi abuela.

Por las mañanas se oía un desafinado saxofón y los golpes de una cuerda de tololoche acompañando alguna canción cuando los músicos callejeros recorrían las fondas que a esas horas o tenían algunos estudiantes desayunando un licuado y Corn Flakes o a unos briagos desmañanados curándosela con un platazo de menudo bien caliente.
Los músicos por lo general si andaban bien vestidos, con chaleco y sombrero para cubrirse del sol que a medio día seguro les iba a picar en la cholla. Algunas orquestas de estas se formaban por un volinista, un bajista y un guitarrero, otras preferían un saxo o un "pitero" que le sonaba bien gacho al clarinete, pero pues ya tapándose unos con otros las canciones sonaban decentes. Cobraban por canción y a veces tocaban más de tres en algun changarro, para levantar todo luego y caminarle tantito al de al lado.

Sólo veía que barrían por las mañanas muy temprano. Las doñitas llegaban y se organizaban, tu atiendes, yo limpio mesas y pongo a calentar los guisos.

Había de muchos guisos y lo chido era que te podían preparar lo que quisieras.
Doña Irene preparaba unas quesadillas fritas en aceite, hacía de queso, de papa, de queso con chorizo, de frijoles... y a todas les ponía un relleno enorme de lechuga, que tenías que buscar los restos de queso o de papas entre la yerba, jajaja. Lo malo era que Doña Irene no abría en las mañanas, porque aparte de tener la fonda era maestra en una primaria. Tuvo que trabajar mucho después de que su viejo la dejó por irse al gabacho a conquistar a los gringos (o a las gringas? sepa)
A doña Irene le ayudaba su hija, Laurita. Una chava de unos 16 o 17 años que no estaba nada mal, tenía una carita bien bonita, y además siempre olía a perfume, pero supongo que a mis 12 años me veía como un escuincle cualquiera.

Yo me esperaba para que me atendiera Laura. ¿Se daría cuenta de que lo hacía a propósito?

Como sea, lo bueno de llegar a una fonda es que no te atendía la doña fríamente y sin atenciones. No tal parecía que llegabas a tu propia casa o a casa de algún compa, porque luego luego que te sentabas a la mesa te preguntaban "¿Que le sirvo mijo? ¿no se le antojan unos huevitos rancheros? o si quiere le preparo unos sopes, pero esos se tardan"... Cuando traía dinero y me salía de la casa de mi abue temprano sí pasaba por ahí y me recetaba un cereal y un huevo estrellado acompañados de un café de ese que muchos venden con el sobrenombre de "de olla".

Mientras, afuera, los músicos acompañaban en la fonda de al lado a una pareja que había pedido pozole para desayunar. Traían un par de caguamas envueltas en bolsas de papel porque así no se nota que están chupando a plena luz del día y en la calle. Nadie se da cuenta. De seguro se la habían amanecido de una pachanga en pleno jueves... un baile donde igual y apenas se habían conocido y terminaron perdiéndose de sus demás amigos... igual y acabaron fajando en el carro de él.

¡tarararán tan tan tan! sonaba el bajo cuando el ruquito de los dedos ya llenos de callos le daba de jalones a las cuerdas, mientras buscaba donde acomodarse con su instrumento para no estorbar la pasada de los carretilleros y los gueyes que empujaban diablitos llenos de huacales de frutas y verduras..."¡¡GOOLPEE!!" se escuchaba cuando pasaban los cargadores. Algunos ni avisan a gritos sólo van chiflando de vez en cuando.

-¿Más tortillitas mijo? ¿no se le han enfriado esas que tiene ahi?
-No, señora, gracias...
-¿Más café? ¿no le gustó? ¿le sirvo mejor un chocolate?
-Si me gustó, pero está muy caliente, ahorita me lo termino
-¿Quiere una fruta? ¿Agua?
-No gracias, de veras
-Bueno, si se le ofrece algo me avisa
-Gracias

Y la señora se daba la vuelta para ir a acomodar el gancho de alambre que tenía como antena de su tele, porque la imagen ya estaba dando vueltas hacia arriba, tanto que mareaba a la vista. Acomodaba la antena y le subía al volumen girando el botón y atorándolo en su lugar con un pedazo de papel que servía para que no se moviera el volumen.

Apenas alcanzaba a llegar a la escuela. A veces me entretenía oyendo a los músicos. A veces me daba de vueltas entre los puestos de baratijas o de revistas. Pero recuerdo bien que me ahorraba el dinero que me daban para comprar en la cooperativa de la escuela y cuando juntaba bastante para irme a desayunar al mercado prefería hacerlo. De todos modos las tortas frías de jamón que vendían en la escuela sabían bien gacho.

jueves, agosto 15, 2013

Feliz cumpleaños, querido blog

Parece como en medio de una bruma densa, pero hace ocho años que tecleé mi primer post aquí. Eso fue en 2005. En aquél entonces escribía sobre casi cualquier cosa. Mi blog se había convertido en mi reducto para expresar aquellas cosas que de diario no podía decir: mis quejas, mis lloriqueos, o cualquier babosada que llegaba a emocionarme. Tal vez nunca fue muy bueno, pero le vi muchas posibilidades. Y seguí escribiendo. También lo utilicé para narrar algunas historias de lo que ha sido mi vida.

En esos días leía a El Huevo, a Guffo, a Rox, a Salaverga, al negro Caníbal, al buen Semidios, a Control Zape, a Ingrid, al Zórpilo, al maestro Kabeza y sus monigotes, al NEB, al Autor, a Mulder… y un enorme etcétera. Pura banda escritora. Y me di cuenta de que era algo que me gustaría hacer, porque ya desde hace mucho me gustaba contar historias.

En esos años tener un blog respetable costaba algo de trabajo, había un montón de bloggueros por todos lados y uno tenía que aplicarse a descubrir los textos que de verdad interesaban. Aprendías a separar la paja de lo bueno. Y aunque muchos se enfrascaron en la contienda de convertirse en blogstars, a mí la verdad es que me valió madre, porque me llegaban historias, estilos, cuentos, bromas, bote-prontos a montones. Dejé la carrera de blogstars a los demás.

Algunos de los autores de mi blogroll eran simplemente geniales y parecía que nada ni nadie los iba a silenciar nunca (como al buen Guffo, que para mi gusto ha sido el más constante), otros de pronto guardaban silencio durante meses y de pronto volvían a surgir renovados, con nuevas historias, anécdotas, debrayes y textos que definitivamente me llenaban de letras la cabeza.

Muchos simplemente desaparecieron, o migraron a twitter y facebook. Así es la vida. Aún recuerdo que a muchos «los conocí» en otro formato de conversación que entonces reinaba: los foros de discusión. Anduve un rato en Forinautas, en El Foro Sin Nombre, en El Foro, y conocia a muchos escritores… A un par de ellos los conocí en persona. De eso hace mucho rato ya.

Así que curiosamente hoy en este momento estoy escuchando a Botellita de Jerez, a quienes coincidentemente escuchaba en esos años… y precisamente estaba escuchando «Niña de mis ojos» cuando recordé «¡Achis? yo tenía un blog que creo que empecé hace un chingo en el mes de agosto!» Y héme aquí, revisando archivos y echando una sonrisa de vez en cuando. Recordando. Algunos de mis posts me dan pena, otros me hacen reír y otros me vuelven a hacer enojar.

Ocho años. Ocho años escribiendo aquí. Sumar tiempo no es sumar amor, pero la he pasado bien… De pronto me canso, o me da flojera, a veces no hay mucho que decir, y algunos días está uno que no encuentra la manera de contar por el gusto de contar… y si se dan una vueltecita por algunos de mis posts verán que aquí he narrado cosas importantes de mi vida. Algunas no lo serán tanto, pero si les parece celebraré los ocho años de este cuchitril re-posteando algunos de los textos que más me han divertido a mí. Si no les late, va una disculpa, porque a fin de cuentas, es mi blog y hago en él lo que se me da la gana :)

Empecemos por este, lo publiqué hace dos años:


http://sivoli.blogspot.mx/2011/12/historia-de-una-fuga.html


Por cierto, pronto escribiré una pequeña serie de textos que he tenido en mente desde hace un buen rato, así que si tienen chance dénse una vuelta por este viejo blog de vez en cuando para saludar. Aunque ya no dejen su comentario, snif.

…Y feliz cumpleaños a mi blog.

domingo, julio 08, 2012

Muerte del blog

Es curioso, me han preguntado por correo, por twitter y facebook que les aclare por qué ya no escribo aquí con la frecuencia de antes, que si mi blog se va a morir, que si me hice twittero, instagramero, facebookero, tumblrero, etc.

No.

Ni los blogs, ni mi blog han fallecido. Mucha gente piensa que la blogósfera es un cuerpo decadente que debería ser revivido por los antiguos espíritus, o que es mejor que le digamos adiós y lo coloquemos en la repisa del recuerdo y la egoteca, y simplemente no es así.

Pasa que los blogueros que ya tenemos un tiempecito viviendo en estas cañerías ocupamos otras plataformas para describir la inmediatez de los sucesos: para el botepronto y el comentario ácido que nos ocupa en ese momento y en esa circunstancia. Twitter sin duda ha provocado que en menos de 140 caracteres digamos mucho (o poco, y casi siempre algo muy pendejo) acerca de lo que nos mueve en ese momento y dejemos blogger para los posts más extensos. Es mucho más dinámico, pues. Facebook nos ha conducido a opinar acerca de asuntos que la mayoría de las veces son «más superficiales» y dejamos nuestra querida plataforma de blogger para esos posts en los que nos hemos vuelto más autobiográficos.

Este remedo de blog fue inaugurado el martes 9 de agosto de 2005 con este malísimo post. Y siete años de teclear aquí mis necedades no son muchos, pero tampoco son pocos. He ocupado un tiempo en releer algunos de mis posts y esa sonrisa sarcástica ha vuelto a mis labios, de igual manera algunos recuerdos que había metido en frascos con etiquetas y colocado en anaqueles que empiezan a guardar polvo (¡ahijoesú! sonó chida esa frase) han aflorado para recordarme la manera de escribir que tenía entonces y me permite compararla con la actual.

Y no soy tan sentimental como para hacerle una fiestecita a mi blog por su próximo cumpleaños, además que si consideramos que artistas como Enanitos Verdes alegan que sumar tiempo no es sumar amor, y que no soy un autor tan prolífico (359 entradas namás, en promedio una por semana en siete años) como otros a quienes sigo, me da gusto ver que continuamos aquí y también ustedes, mis queridos tres lectorcitos.

Gracias a Blogger he conocido a muchos que, como yo, escriben por la misma razón: No hacerlo sería suicida. Por eso los posts con cuentitos son de los más entrañables por mí.




Así, que, queridos amiguitos, les doy las gracias por seguir leyendo estas necedades y les iré posteando algunas de mis entradas favoritas. Nomás por el placer de releernos mutuamente. Espero y aún les gusten: no las he editado, no tienen modificaciones, aunque algunas me hubiera gustado volver a escribirlas, sobre todo después de notar la manera en que redactaba hace siete años (algunos me dirán que sigo haciéndolo igual de espantoso, pero ¡qué le vamos a hacer!)

Empiezo con este, por la sencilla razón que me da el mes de julio (que estamos cursando) y porque algunas de las respuestas que recibí (en este mismo blog y otras por correo) me hicieron reír a carcajadas:

Chinga tu madre Comercial Mexicana

Ojalá se diviertan tanto como yo.

domingo, mayo 20, 2012

Señorsote





Todavía recuerdo la vez que mi mamá me dejó al cuidado del abuelo. Mi abuelo era un señorsote así grandote como oso, gordo y que usaba un overol de mezclilla diario.

Era carpintero, y a pesar de que tuvo doce hijos la neta es que reconozco que de niños no sabía mucho, verán: yo lo que recuerdo vívidamenete es que ese día que me dejó con él la pasé muy chido porque mi abuelo me llevó a botanear.

Nos fuimos caminando bajo el sol por la calle de Hidalgo: llena de puestos de fritangas afuera del mercado, boleadores, globeros y músicos que cargan sus instrumentos de fonda en fonda pidiendo una moneda. Mi abuelo se detuvo en un puesto de carnitas. Al parecer todo mundo conocía a mi abue, porque lo saludaron con mucho gusto: «¿Como está, maestro? ¿qué le damos?»  pidió algo así como «un cuarto de trompita, pa'l chamaco. Limpiecita» el carnicero hizo dos o tres trazos en el aire con un enorme cuchillo que manejaba con destreza y magia: bolsita de plástico con un papel de envoltura adentro. Envuelta en el papel: la trompita de puerco. Pero yo no sabía exactamente a qué se referían aquéllos dos, de haberlo sabido jamás me hubiera comido la nariz de un puerco cadáver, saben.

Y recuerdo bien que cuando mi abue sacó del bolsillo de la pechera de su overol un rollito de billetes, para sacar uno y pagar el carnicero se le quedó viendo extrañado y le dijo «¿Qué pasó maestro, cómo cree?» Así que nos fuimos mi abuelo y yo caminando, yo llevaba en una manita la bolsa con mi botana y mi otra mano se aferraba al pantalón del viejo. Mi abuelo andaba con muletas, así que la estampa ha de haber sido bastante divertida. Porque yo corría y mi abuelo sólo hacía un ronco «¡HEY!» que bastaba para hacerme regresar de inmediato en cada esquina y evitar que cruzara la calle solo a mis seis u ocho años.

Mucha gente saludaba a mi abuelo por la calle. «Buenas tardes, maestro» le decían los albañiles que estaban en una esquina chuleando a la güerita de los tacos. «¡Buenas maese!» le gritó el peluquero desde adentro del changarro donde sin miramientos dejaba a los escuincles greñudos listos para la burla de sus cuates con casquete corto o corte «de escolar» A mi abuelo se lo cortaba «a la Rommel» que era el corte de un Generalfeldmarschall del ejército nazi muy famoso.

Total, dijo una sumadora (mal chiste, lo sé) que nos encontramos a uno de sus chalanes de la carpintería, y como hacía harto calor le dijo «maestro, le invito una pa'l calor» y entonces los dos voltearon a verme. Seguro mi abue no sabía que hacer así que tal vez arquéo la ceja. Era un gesto que hacía muy seguido cuando estaba conmigo.

–¡Yo creo que no hay problema, le pedimos una coca y listo!
–Bueno, pero nomás una –concedió mi abuelo.

Estuvimos ahí un par de horas (¿o más? no lo sé eltiempopasarapidísimocuandotediviertes). Mi abuelo tarareaba, el achichincle fumaba sus faros y le entraba con gusto a unas gorditas que nos sirvieron.

–¿Y pa'l niño? preguntó el cantinero (oh sí, ya vendí esta historia: estábamos en una cantina)

Yo le enseñé al señor que servía los tragos (y que olía horrible, a puro sudor) mi bolsita. El señor la miró, le sonrió a mi abuelo y me trajo una coquita chiquita que me supo muy buena.

Cuando llegamos a casa yo iba muy contento, buena comida, buena bebida y excelente compañía ¿Qué más se puede pedir? así que le conté a mi mamá que había estado comiendo trompita y que una señora gorda, gorda con pantalones muy apretados me había hecho un cariñito y me dio un beso a mí y después a mi abuelo. Se tomó un par de cervezas y se fue (pero antes le dio otro besito en los cachetes a mi viejo)

Nunca supe por qué mi madre nunca más me dejó a su cuidado, y hoy cuando recuerdo esa escena dentro de la cantina, oyendo canciones de un tal Julio Jaramillo no puedo dejar de reír.

Te extraño, abuelo.