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miércoles, julio 08, 2015

¿Un cuentito? ¿por qué no?


Amiguitos, yo sé que de mis tres lectorcitos sólo me ha de quedar uno o dos y seguramente no van a dar señales de vida, pero me dieron ganas de venir a este cuchitril a dejar un cuentito, a ver si les gusta. Saludos, no me odien.

Puras buenas ideas.


—Sólo inténtalo, para que veas lo que sucede —me sugirió la joven con mirada de plata. ¿Por qué me parecía que sonreía demasiado?

No puedo recordar con claridad cómo llegué a ese lugar. Ambos estábamos sentados en cómodos sillones frente uno del otro: olía a incienso. Había cortinas y ropajes por todos lados, un par de enormes espejos y montón de animales disecados por todas partes: allá en la esquina, un espantoso castor con los dientes expuestos, en la esquina un zorro gruñendo y listo para saltar, enfrente de mí un lobo plateado con los carrillos arrugados: dientes, dientes por todos lados.

—¿Entonces? ¿te animas o no? –Me dijo la chica extendiéndome el pequeño trozo de pergamino con la mano derecha. En la izquierda me ofrecía un lápiz recién afilado.
—Mmm… no sé… ¿Y si me equivoco? ¿y si pido algo y luego me arrepiento? –dije nervioso, al tiempo que tomaba ambos objetos.
—Por eso es con lápiz, tonto. Puedes borrar, pero no lo recomiendo… mira: queda sólo un trozo de papel, se ha ido rasgando y rompiendo con el tiempo… ¡haz la prueba! –me apremió. De súbito parecía ansiosa.

Debí verme confundido, ahí sentado: mirando alternadamente ambas cosas en mis manos como si estuviera negando con la cabeza. Me dieron ganas de un cigarrillo y entonces vino una idea con chispa.

Sin pensarlo mucho, garrapateé: «En la mesa hay unos cigarros nuevos» de pronto nos llegó a ambos una vaharada muy leve. Volteé a ver la mesa y ahí estaba, ¿Qué más iba a estar? una cajetilla nuevecita y sin abrir.

—¡No mames! ¡pide algo importante! –dijo ella, pero yo ya estaba dándole vuelta al lápiz para empuñar la goma y borrar lo escrito. La chica de ojos plateados tenía razón: el papel era ya una miseria a punto de desintegrarse por tanto maltrato. A pesar de que borré con cuidado no pude evitar rasgarlo.
—¡Lo rompiste!
—Te lo voy a pagar.
—¡DAME EL DINERO AHORA! –de pronto su rostro lucía encendido de coraje. Los ojos plateados centelleaban. Recordé que había borrado lo escrito y al mismo tiempo los dos miramos hacia la mesa: La cajetilla había desaparecido. Estaba más sorprendido yo que ella, pero ambos sonreímos con complicidad.

De mi abrigo tomé la cartera. Saqué un montón de billetes y se los entregué. La chica pareció satisfecha y su mirada brillante ofreció una tregua, pero seguía ahí expectante.

—¿Qué más vas a pedir? –preguntó mientras yo volvía a garrapatear sobre el viejo papel. Los cigarrillos reaparecieron sobre la mesa.
—¿Vas a seguir perdiendo el tiempo con cigarrillos?
—Aún no me has dicho de dónde sacaste esto.
—Lo encontré en las manos de un viejo moribundo.
—¿Se lo robaste?
—Más bien me lo dio antes de morir –aseguró ella. No le creí.

La sonrisa extraña y forzada volvió a aparecer en sus labios. En definitiva no iba a quedarme un instante más en ese lugar con ella y esos animales enseñando sus colmillos para siempre, así que me incorporé y tomé mis cosas. Con cuidado doblé el antiguo y frágil papel y lo guardé en mi abrigo para marcharme. Ella se quedó sentada, mirándome en silencio. Antes de cerrar la puerta tras de mí pude ver de reojo cómo su sonrisa falsa se ensanchaba aún más. Los animales de la estancia también parecían sonreír. Incómodo, afronté la helada noche mientras caminé hasta mi departamento.

Al llegar, me encerré para meditar lo que haría con este nuevo poder: El viejo papel estaba en las últimas… «No importa, alcanzaría a escribir (y tal vez borrar) varias buenas ideas». «Por fortuna no soy un sociópata, ni un egoísta que sólo desee riquezas», así que se me ocurrieron puras ideas para mejorar este mundo: Poco a poco resolví problemas profundos como el hambre infantil… la deforestación, la falta de agua, el SIDA… Durante días fui escribiendo buenas ocurrencias en el viejo papel y las cosas simplemente sucedían o aparecían: «en México trabaja sin descanso el descubridor de la cura para el cáncer. Lo va a dar a conocer ahora»

Encendí el televisor y ahí estaba: Simple. La conductora de noticias daba el anuncio de la cura: El descubridor de la vacuna para el cáncer había sido hospitalizado porque presentaba un cuadro extremo de agotamiento. El científico estaba grave y esperaban los doctores que se recuperara.

«Bueno, a veces falla un poquito. Supongo que siempre habrá resultados colaterales impredecibles» pensé mientras recordaba imprecisiones y fallas que tuve al escribir otras cosas en el pergamino «El chiste es contar con una escritura clara y precisa, para que no haya daños secundarios»

Pasé casi una semana sin salir del depa, meditando y garabateando deseos. Casi no borraba por temor de desintegrar el viejo pergamino. Hoy recordé que no había desayunado ni comido nada por estar día y noche sentado, pensando, y el estómago hizo un airado reclamo que empezó desde lo más bajo del vientre hasta que restalló con un lamento ácido que trepó por mi garganta quemándome. Dejé el pergamino y el lápiz en la mesa donde me sentaba a trabajar desde hace unos mil años y fui a prepararme un sándwich-de-lo-que-sea. Pronuncié de nuevo con lentitud: un-sandwich-de-lo-que-sea y las papilas gustativas de mi lengua se retorcieron de placer. La pura expresión me recordó de súbito la voz que amé hace no mil, sino más de dos mil años: Cuando vivíamos juntos.

Sin regresar al estudio me dirigí a la salita que ya empezaba a sumirse en sombras. Aún sin encender la luz pude ver su retrato: coqueta me sonreía mientras adelantaba el níveo hombro hacia la cámara que yo sostuve embelesado en aquél luminoso día que poco a poco se diluía en el recuerdo: Aurora.

Me sorprendí al darme cuenta de que los ojos me goteaban desde antes de tomar el retrato entre mis manos. Terminé por derrumbarme cuando recordé las veces en que con estas manos recorrí los abismos inevitables, pronunciados y prometedores de su tibia tersura. La barrera de los recuerdos estaba hecha añicos cuando pensé: «De todas las cosas que en estos días he pedido, nunca he reclamado algo para mí… realmente solo para mí …»

Como un martillazo, acudieron a mi mente imágenes que creí no volverían jamás: La brillante sonrisa de Aurora. La funesta sorpresa y nuestras miradas cruzándose… el agudo rechinido de llantas sobre el asfalto… y la lluvia gorda que encorva con su peso un inútil ramo de flores sobre mármol blanco y frío… Después del martillazo, una negra guillotina cayendo sin remedio.

Con el retrato en mis manos regresé al estudio y escribí sobre el último espacio que quedaba en los jirones de papel. Las lágrimas me acechaban detrás de mis pensamientos, pero logré contenerlas. Sentado me quedé absorto y olvidé encender las luces. Pasaron las horas. Yo seguía mirando sin ver.

Nada.

Ya era casi medianoche cuando me fui a acostar. Ni siquiera me desvestí. El cansancio terminó por doblegar a la vigilia y no me di cuenta del momento en que cerré los ojos.

Al fin, la manija de la puerta exclamó inaudible, pero inevitable:

¡CLICK!

martes, agosto 12, 2014

Cuento corto

Gracias al buen Guffo, volví a revisar este remedo de blog y me encontré con que hace unos días cumplió nueve años. Sumar tiempo no es sumar amor, lo sé. Pero es inquietante volver sobre los pasos y descubrir cómo redactaba hace tantos años y cómo es hoy. Es como ver una veja película o regresar en una cápsula del tiempo, neta. Si bien he dejado de volver a este sitio con la frecuencia de antes, no he dejado de escribir nunca. Y aunque a veces uno prefiere guardar silencio y escuchar a su alrededor, a veces es buen momento de volver a contar cosas. Aún ignoro si lo haga del todo bien, pero lo que sí sé es que al menos son historias honestas, sinceras y sin pretensiones.

Para celebrar el noveno aniversario de este cuchitril les dejo este pequeño cuentito. Ojalá les guste, y si es así, gracias por dejármelo saber, chicuelos.


Apagón.

Esa noche, Flor subía en el ascensor de su edificio y se fijaba en todos los detalles de la gente que iba ahí encerrada en esa caja metálica junto a ella: El ejecutivo que regresaba del trabajo vestido impecablemente, pero con un tic nervioso muy visible en la mejilla derecha. Daba la impresión de sentirse asfixiado ahí dentro, tiraba corbata continuamente de su corbata como si ésta le apretara demasiado. Su maletín descansaba en el suelo, y al parecer su estado de ánimo también.

La imaginación de Flor la hizo imaginarlo como un perfecto psicópata. Ya sabes, de esos que ni pío dicen, y que caminan de manera discreta, con la mirada baja, pero que secretamente tienen en su refrigerador bolsitas con los restos de las personas que han sorprendido en alguna calle solitaria y poco iluminada. Detrás de sus lentes opacos un par de ojos pequeños desprovistos de brillo miraban al exterior, tal vez midiendo, tal vez sopesando. Flor se había burlado de él repetidas veces, «Es un zoquete, mírenlo. Un bicho raro» El tipo pasaba de largo sin decir nada.

Estaba también la señora López, de unos cuarenta años, que vivía sola en el octavo piso. Era alta, no era hermosa, pero llamaba la atención de los vecinos. Muy reservada y silenciosa. Cuando uno la saludaba sólo hacía un leve ademán con la cabeza. Algunos decían que estaba sola porque el marido la había dejado para irse con una amante más joven que ella, otros contaban que peleaban mucho y que el tipo la golpeaba. Algunos otros presumían de saber la historia completa: El tipo la golpeaba, sí… Sobre todo cuando tomaba. Y el tipo tenía una amante, situación que inclusive ella parecía conocer, pero una tarde que regresó temprano a su casa después de haber estado en el bar con sus amigos toda la tarde, la encontró en la cama con un jovencito que la hacía gritar y estremecerse. Pelearon (el chico salió huyendo discretamente) y entonces ella lo sorprendió con un cuchillo en la panza. Nunca se supo que hizo con el cuerpo, eso decían algunos. Quien sabe.

Los vecinos de piso de la señora López decían que habían visto entrar en repetidas ocasiones a su departamento a una o dos mujeres. No miraban a nadie. No tocaban la puerta. Sólo entraban, estaban ahí durante un buen rato y luego salían sin hacer ruido. Y pensaban que nadie las veía. O no les importaba. ¿Eran amigas? ¿cómplices? ¿de qué? Flor investigó un poco pero la señora López la descubrió husmeando y cuando eso pasó Flor decidió desaparecer por un tiempo hasta que la vergüenza que le hacía arder el rostro pasara. Se ocultó en su departamento durante una semana sin asomar siquiera la nariz. La señora López la había sorprendido in fraganti husmeando en su departamento y eso estuvo muy mal. Nunca dijo nada, pero cuando se encontraban por los pasillos Flor prácticamente se escurría con la mirada baja para caminar a toda prisa y desaparecer de su vista.

En el mismo ascensor y de pie detrás de Flor estaba don Javier, quien había quedado viudo hace 15 años, a la edad de 50. Amargado y solitario ahora, en su juventud había jugado en un equipo profesional de futbol, luego, fue director técnico del equipo, ganaba bien, la vida le sonreía y el futuro parecía promisorio para una persona madura. No tenía hijos, pero su vida entera se centraba en su esposa, más joven que él, hermosa y llena de energía, con una carrera como pianista por delante y que tuvo que morir a manos de aquél borracho que esa horrible tarde conducía su camioneta a exceso de velocidad. Muchos decían que don Javier se había vuelto loco de dolor, que desde entonces buscaba a su esposa en cuanta mujer se encontraba por las calles, que las seguía para asegurarse si no eran ella y que más de una vez trató de suicidarse al recordar con increíble dolor esa ausencia forzada a que lo habían sometido sin preguntar si estaba de acuerdo. Don Javier pasaba meses recluido en su departamento y a veces la gente simplemente pensaba que se había ido a vivir a algún otro lado o que andaba de viaje. A veces tardaba mucho en responder a los toquidos del casero o de alguna vecina que con el pretexto de llevarle su correspondencia o un recado iban a cerciorarse de que el viejo seguía habitando este planeta. Al final siempre respondía a las llamadas a su puerta y todos tranquilos.

Un día no respondió. Lo encontraron colgando de la viga central de su sala. Los ojos desorbitados y la lengua de fuera, meciéndose lentamente.

Alcanzaron a rescatarlo, pero nadie lo agradeció, mucho menos don Javier. En adelante se le vería muy de vez en cuando y siempre como una aparición. No hablaba, ni sonreía. Sólo miraba. Y cuando te miraba podías sentir que esos ojos te traspasaban la nuca, aunque ya hubieras dado vuelta la esquina. Desde hacía poco que Flor sentía que don Javier la miraba más de lo acostumbrado, al cruzar con ella en el vestíbulo del edificio. La ponía nerviosa.

Flor abrió su libro para recordar en que se había quedado. Pero antes alcanzó a ver de reojo a Julián, el vecino del departamento de enfrente. Alto, flaco, y con esa melena que le tapaba la mitad del rostro todo el tiempo. Se decían muchas cosas de él, que perseguía jovencitas, que lo habían detenido más de una vez por haber acosado a chiquillas de quince años a la salida del colegio, aterrorizándolas con su presencia e incluso hubo quien aseguraba que había violado a más de una, pero con amenazas había conseguido que guardaran silencio. Nunca le pudieron probar nada. Hasta que sus padres tomaron cartas en el asunto y habían acudido a amenazarlo: lo matarían y lo colgarían de los huevos si volvía a acercarse al barrio y a las chiquillas. Julián hizo caso y puso a salvo su vida alejándose de esos rumbos, pero aún así daba la apariencia de ser un tipo con el que no conviene toparse a solas. Mucho menos si eres mujer.

Lucía, amiga de Flor le había contado alguna vez que Julián había tenido relaciones con ella en una aventura que duró poco menos de medio año y que a tantas veces de hacerlo, en algún momento estuvo embarazada de él, aunque el tipo la convenció de abortar y deshacerse del problema si es que quería seguir con él. Una vez que lo hizo la abandonó, sin explicaciones, sin adioses, sin lágrimas ni enojos. Sin embargo había otras versiones que aseguraban que Lucía era la acosadora de Julián y que él nunca se involucró con ella.

-Ten cuidado –le dijo Lucía-. No lo conoces, y es peligroso.

No importaba. A Flor le gustaba Julián y le preocupaba todo lo que decían de él. Más de una vez se lo encontró por los pasillos del edificio, en el elevador, o al salir a la calle. A veces le parecía una coincidencia feliz, otras veces sospechaba que no había sido del todo un accidente ese encuentro. Se ponía nerviosa y seguía caminando sin detenerse. Un “¡adiós!” y eso era todo. Luego pensaba que había sido una tonta, que se supone que debería de abrir un espacio para que él se animara a dar el primer paso. Pero, ¿y si era verdad lo que decían? ¿y si era peligroso? ¿y si en lugar de saludarla o iniciar plática se le antojaba otra cosa?

Mientras pensaba en esas cosas lo veía de reojo. Julián debió haberse percatado de eso, porque volteó y la miró. Le sostuvo la mirada unos segundos, inexpresiva y algo fría, para luego mirar hacia arriba, a donde los números luminosos indicaban que el ascensor seguía subiendo. A Flor le quemaba el rostro de ansiedad y vergüenza y al mismo tiempo moría de ganas de volver a ver el rostro de él.

De pronto, las luces parpadearon. El ascensor dio un pequeño brinco. Don Javier farfulló furioso algo incomprensible. La señora López alcanzó a decir un «¡Jesús!». El ejecutivo que se tiraba de la corbata miró hacia arriba como buscando una respuesta en el techo del elevador y soltó un largo suspiro, nervioso. Julián veía al piso y lentamente una pequeña sonrisa apareció en sus labios. A Flor se le cayó el libro de las manos. Fue un parpadeo solamente y un pequeño brinco, el elevador continuó hacia arriba. La señora López recogió el libro y lo devolvió a Flor. No hubo ni un «gracias» ni un «de nada».

Ahpra sí, las luces se apagaron. El elevador murió ahí mismo con el estómago lleno de gente. Se hizo un silencio denso. Las luces de emergencia que se supone deberían de encender no lo hicieron. Flor escuchaba la respiración de todos. El ejecutivo empezó a gritar «¡Hey! ¡Alguien ayúdenos!» trataba de sonar tranquilo y más bien autoritario, pero en realidad su grito se escuchó aterrado. Empezó a golpear las puertas, mientras todos ahí dentro se agitaban ante el gesto de violencia, para luego rendirse. La señora López retrocedió poco a poco hacia una esquina del ascensor. Don Javier guardó silencio absoluto. Julián tampoco hizo ruido.

Afuera no se escuchaba ni un ruido. El apagón era general en toda la cuadra.

-Bueno, tranquilos –dijo Flor- ¿qué les parece si nos tranquilizamos un poco? Podemos platicar de algo, lo que sea, hasta que llegue alguien a ayudarnos…

Una mano le rodeó la cintura, el contacto la hizo saltar un poquito. Pero ya no dijo nada. ¿Sería Julián? Esperaba que sí, que por fin algo sucediera, aunque una oleada de temor le recorrió la espalda. Ya estaba dispuesta a guardar silencio y ver que pasaba, total, estaban entre más gente, ¿qué podía suceder? La mano tiró de ella con fuerza y suavidad al mismo tiempo.

Flor pensó que, efectivamente, era Julián, que por fin se había decidido a actuar, aprovechando ese breve instante donde podían estar a solas aún en medio de la gente. Flor pensó que estaba bien, que podía permitirse una aventura de ese tipo. Que sería un secreto entre dos. Algo que contar. Algo excitante. Fugaz. Oculto.

Empezó a fantasear. ¿Qué pasaría con ellos dos? ¿Sería una aventura y nada más? o ¿tal vez Julián la buscaría más adelante? ¿En realidad eran ciertas todas esas cosas que se decían de él? ¿importaban? ¿cómo debía actuar ella? ¿debía ser mansa y dejarse llevar? o ¿tomar la iniciativa?

El golpe vino desde abajo. Un golpe certero, rápido. Preciso. Una sensación de calor le invadió desde el costado derecho de la espalda. Flor se tocó la blusa y la sintió mojada. Todo empezó a dar vueltas y vueltas con rapidez incontrolable. Entonces lo supo: Ya no le debía nada a nadie. De pronto, el espacio dentro del elevador pareció ensancharse. Las paredes se alejaron una de otra y se perdieron para siempre. El piso desapareció.

Flor se sintió más sola que nunca. Sola en el interior de una cápsula de metal inerte. Sola dentro de su edificio. Cayó poco a poco y en medio de un silencio de terciopelo. El libro se le escapó de las manos que lo habían manchado en la cubierta. Alguien lo tomó sin hacer ruido.

Las luces del elevador se encendieron y con un brinco y un zumbido inquietante reinició su ascenso. Nadie volteó a verla. Nadie se miró entre sí. Nadie dijo nada. Cuando las puertas se abrieron todos salieron en el mismo piso.

Flor se quedó. Ya no tenía que llegar a su casa.


FIN.

lunes, mayo 26, 2014

Penitencia infinita

Hace tiempo que no escribía cuentitos. Aqui les dejo éste:

Penitencia infinita
 
El padre Valentín apuró su desayuno. El día iba a ser complicado desde la misma mañana: recibir en su pequeño despacho al Arzobispo, supervisar el avance de los preparativos de las fiestas del santo patrono, registrar por escrito los crecientes problemas del nuevo dispensario, recoger las ayudas de los benefactores, revisar los faltantes que había en la capilla a raíz del último robo que sufrieron (ya agarrarían a ese infeliz, si dios quiere) y atender los bautizos y servicios del día.

Aún así, sus ocupados pensamientos iban irremediablemente al mismo destino: esperaba con impaciencia la visita de los niños que iban todos los jueves al catecismo. Aunque las clases las daba la señorita Concepción el cura siempre asistía al final para bendecir a los chiquillos y cantar con ellos algunas canciones.

Los pensamientos traicionan. Valentín no podía dejar de pensar en Luisito. Luis, el chamaco de diez años de tez morena tan servicial y educado que se portaba como un verdadero caballerito. Quería conocerlo mejor.

Como conoció a otros.

El cura lo había ocultado bien durante años. Siempre se había sentido atraído hacia los niños, pero con una sensación salvaje difícil de explicar y de contener. Por eso sufría, por tener que ocultar esa atracción. Las niñas eran bonitas, sí, pero los chiquillos... Bueno, eran otra cosa. Eran especiales, por eso le gustaba tenerlos. A los mocosos siempre les daba verdadero terror a la hora de la hora, y eso los paralizaba de tal forma que se dejaban hacer, y sí eso no ocurría entonces había que echar mano de otros recursos: e
sperar a que durmieran, administrarles tranquilizantes o de plano amenazas si la veía muy perdida.

Valentín consideraba que "eran pruebas que dios le enviaba" y entonces pensaba que simplemente fallaba. Sabía que vendría la necesaria penitencia, pero la cumpliría con gusto, y después... A volver a andar. «Dios proveerá»

Se levantó de la mesa al tiempo que intentaba cortar sus pensamientos. En el cuarto de baño se cepilló los dientes, terminó de peinarse y como cada día desde hace mucho tiempo, evitó cruzar frente al espejo: hacía años que la imagen que le devolvía lo ponía muy nervioso: oscilaba como si se viera en la superficie intranquila del agua. Pero no una superficie límpida y cristalina, sino una más bien asquerosa, nauseabunda y negra. Valentín había notado ese paulatino cambio en todos los espejos en que se veía, había sido tan gradual como cuando de pronto un día te das cuenta que ya necesitas lentes graduados porque tu vista no es la de siempre: «si Dios quiere que vea borroso, pues veré borroso. Bendito seas, Señor»

Valentín salió a la calle rumbo a su auto. El sol brillaba y desterraba las tinieblas inundando de tibia luz las calles en lo que casi todos reducimos miserablemente a tres palabras: «un hermoso día» mientras recordamos la letra de alguna buena canción, aunque Valentín hacía años que había dejado de tararear canciones. Ya estaba otra vez pensando en el chiquillo y por eso no pudo darse cuenta de otro detalle que había cambiado: antes, mientras caminaba, proyectaba su sombra sobre el piso, como todo el mundo. Ahora, caminaba rumbo a su auto sin que su propia sombra lo acompañara. La había perdido definitivamente también.

Bueno... una prueba más del Señor. El Señor lo da y el Señor lo quita, bendito seas, Señor.

FIN.

viernes, agosto 09, 2013

Centro de oportunidades… sí cómo no.

No, no he estado inactivo. Es que blogger es como una exnovia a la que extrañas, pero ya no ves. O por lo menos no lo ves como antes.

Sin embargo, este espacio no se muere, mis amigos. Les iba a pegar un link de otro sitio donde escribo semanalmente, pero primero uno de los textos que podrán leer allá:

Centro de Oportunidades…Sí, cómo no…
En la “vulka” se puede ver de cerca el tiempo pasar. A veces corre muy lentamente: el día va pardeando y la espera desanima por saber que el regreso a casa será con unos pocos centavos en la bolsa y muchos callos en las negras manos.

A veces, cuando la chamba es tupida no se da uno abasto. Y consideras seriamente hacerte de un chalán para que te ayude, se gane unos pesos y puedas abarcar más carros en un día. Pero en días como hoy, cuando no se paran ni las moscas y no hay mucho por hacer entonces te pones a pensar si tiene sentido mantener el negocio abierto. Gastando luz. Por más que te vaciles a la chamaca de los abarrotes y por más vueltas que le des a las páginas de un libro o una revista no puedes evitar pensar en el tiempo que se escurre. Se fuga lentamente como el aire de una llanta ponchada. A veces no lo notas y hasta que te das cuenta la llanta está en el piso y otras el silbido no te deja en paz, suena y sabes que se desinfla poco a poco.

Ayer pusieron un anuncio frente a la vulcanizadora: Dicen que la ciudad es número uno en seguridad, en oportunidades de trabajo, en competitividad y que es un lugar ideal para vivir. Te dan ganas de invitar a los que hacen esos anuncios a que te ayuden en la “vulka” un sólo día: Cargar llantas, desmontar rines, buscar clavos o pijas encajadas y retirarlos, preparar los parches, cargar el gato hidráulico, cuidarte de no ser atropellado por los taxistas. Darte prisa en entregar la llanta, ir a cambiar a la tienda el billete que te pagan, machucarte los dedos con la barra de acero, inflar una llanta recién parchada esperando que no te reviente en la cara y al terminar el día poder cerrar el negocio sin que te caiga la banda pidiendo la cuota semanal, caminar por las calles echando siempre una mirada hacia atrás para verificar que no te sigan y así pasar a la panadería y gastar lo poco que ganaste en el día en leche, huevo y pan para la cena. Al llegar tu señora te notifica de los pagos que siguen pendientes y armándote de paciencia decides no hacer bronca.

Eres contador público, pero resulta que el mercado está saturado de profesionales de tu campo. Tu papá te enseñó a trabajar desde chico en la vulcanizadora, así que cuando murió te encargaste del negocio. Vives en una colonia de la periferia porque a pesar de que a veces ganas bien, es un ingreso que no es seguro, así que pagas una renta pequeña y aunque en la familia son cinco, ahí la llevan. Ya llevas un dinerito reunido y piensas que por fin podrás sacar del taller tu viejo carro y echarlo a andar.
A veces quieres decirle a tu señora que te ayude con los gastos, pero bastante chamba tiene con los niños pequeños, así que empiezas a pensar en buscar otro trabajo, que sumado al de la vulcanizadora y al puesto de tacos que en las noches pones afuera de la casa te dejará más dinero.

Así que a veces si la chamba está baja como hoy, te pones a pensar en esos anuncios que publican… ¿Tierra de oportunidades? ¿Cruce de caminos? ¿Ubicación privilegiada? ¿Centro de negocios?

Sí, cómo no.

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(Este texto y otros más los podrán leer semana a semana en

www.laorquesta.mx

namás hacen scroll hasta abajo donde aparecen los colaboradores y ahí aparezco con mi nombre real: Arturo Haro)





martes, mayo 07, 2013

¿Qué milagro?


No había revisado, pero ya vi que desde febrero que los tenía a dieta de debrayes y necedades. Sin embargo, sigo escribiendo, aunque no lo publique aquí.
 
Esta vez me acordé de ustedes y les traigo este cuentito aunque contarlo aquí a veces se siente como hablarle a un muro, porque generalmente uds. no se toman un momento para masticar el texto y opinar o criticarlo, deshacerlo con sarcasmos o –qué mejor– proponerme para un premio, en realidad no importa mucho. Se los dejo aquí de manera desinteresada ¿verdad que la vida es hermosa?

Antojo.

Al llegar a la entrada, el muchacho observó con detenimiento. La promoción de ese día era tentadora: El letrero del negocio proclamaba ALITAS GIGANTES 2X1 ¡SON LAS MÁS GRANDES! 
En la foto del anuncio en cuestión, un diminuto empleado uniformado con los colores de la franquicia sujetaba una ala de pollo que gracias al efecto óptico debía medir casi dos metros. El empleado sonreía sorprendido y esperanzado. La ala de pollo lucía suculenta y enorme. Así que el joven entró en el local sacando cuentas de lo que traía en su cartera y saboreándose con anticipación. Su estómago emitía ruidos.
El lugar estaba solo. No había ni un alma. Tampoco se veían meseros, aunque si hubiera alguno seguramente se aburriría bastante en medio de ese desierto. Un silencio incómodo se elevaba en todo el lugar. El joven recién llegado se asomó hasta el fondo del restaurante. Nadie. La puerta de la cocina estaba semiabierta, así que decidió entrar. Si no había gente y esas alitas eran realmente grandes entonces simplemente se robaría unas. ¿Quién se daría cuenta?
La cocina estaba a oscuras: Mesas de trabajo enormes: cuchillería colgando de sus soportes, algunas cazuelas y en una esquina un enorme cazo de imposibles proporciones. Debían cocinar en ese recipiente cargas de cientos o miles de alitas cada día.

“¡Eso o de verdad las alitas son muuuy grandes!” pensó el muchacho tratando de sonar gracioso. No lo consiguió. Ahora que miraba con mayor detenimiento, en realidad el lugar donde se encontraba no se percibía nada agradable. En la semipenumbra las sombras se convertían en amenazantes siluetas. El silencio no era quietud. Era como si instantes antes hubiera habido movimiento, dinamismo, ir y venir de gente y de pronto ¡zas! Silencio inerte. Amenazador.
El chico sintió un leve pinchazo de miedo en la espalda. Los vellos de la nuca se le erizaron. En nombre de dios, ¿Qué le sucedía? ¿No era emocionante entrar a un restaurante vacío y llevarse una caja de deliciosas alitas gratis? De pronto la idea había dejado de atraerle.
La cocina súbitamente pareció aumentar de tamaño y agigantarse: las mesas eran extrañamente descomunales, ¿cómo no lo había notado antes? la puerta de servicio que debía dar a la parte trasera del restaurante era enorme también. Tal vez era su imaginación, pero ahora todo el lugar se le antojaba de unas proporciones desmesuradas. Se sintió empequeñecido ahí, dentro de esa oscuridad silenciosa. Decidió dar la vuelta y salir de ahí pero tropezó con algo. No cayó cuan largo era, pero casi. En el piso, una mano crispada sobresalía por debajo de una alacena. Los dedos como garras se encorvaban en un espasmo sin fin.
El joven no pudo moverse. Quedó ahí de pie: anclado al piso, mirando fijamente la mano que no se movía. Alguien había entrado y había hecho desaparecer a todos, menos a éste. Con el pie intentó mover esa extremidad que se asomaba esperando que alguien se quejara, o al menos reaccionara, pero era sólo un fragmento de brazo desprendido, sanguinoliento. El chico quiso gritar, pero tampoco fue capaz de hacerlo. Detectó un movimiento afuera, en el patio de servicio. Una gran sombra cubrió la ventana y la cocina se hundió más en la negrura. Pasos. Y algo más… ¿como un aleteo? ¡Qué absurdo! El muchacho se acercó lentamente a la puerta de servicio que daba al patio trasero, aunque no se atrevía del todo a abrirla.
El pollo gigante asomó su infernal pico por la puerta. Los ojos inyectados en sangre. Y también era sangre la que escurría por todos lados. El muchacho no pudo ni pensar. En una fracción de segundo el monstruoso animal lo tomó por la cintura y lo partió en dos en un parpadeo. Todavía había conciencia en la mirada del chico cuando recibió un último picotazo que destrozó su cara y dejó un enorme agujero. El pollo lo arrastró al patio trasero junto con los demás cuerpos. El silencio volvió a imperar en todo el restaurante.
Afuera, una jovencita de rubias trenzas miraba fascinada el anuncio que prometía unas enormes y jugosas alitas. Sacó su monedero y contó el dinero. Le alcanzaba perfectamente para saciar su antojo.

FIN.

miércoles, febrero 13, 2013

Alianza de Honor (parte IV final)





… Los Perros se alejaron de la triste vivienda para buscar en los alrededores al Xoloescuintle y tal vez toparse también con el hijo mayor del clan del Hombre. Una tenue luz que vieron más adelante les sugirió acercarse, pero al hacerlo, la escena con que se toparon era aterradora: en el suelo, restos de su negra piel desollados. Huesos por doquier. Sangre. En un cuenco de madera los restos mortales del perro.
¡Venganza! Clamaron los Perros y se dieron a la tarea de olfatear para encontrar al responsable de semejante atrocidad. El joven estaba muy cerca, de frente a un enorme muro por muchas manos blanqueado. Sostenía en sus manos un trozo de la piel del Xoloescuintle que empapaba una y otra vez en un cuenco de pintura negra para luego untarla en el muro. Ya se preparaban para abalanzarse sobre el ingrato humano y resarcir el espantoso crimen cuando tuvieron que detenerse ante la sorpresa: el chico estaba llorando.
Sobe el muro enlucido, y alumbradas por vacilantes teas encendidas en la noche, estaban pintadas estilizadas representaciones del caído Xoloescuintle en diversas posturas: ladrando alegremente por ahí, mostrando con ferocidad los dientes por allá.
Mientras el joven se inclinaba sobre el muro, los perros decidieron reservarse con sigilo: El muchacho pintaba al perro abatido en una alegre estampa y lo situaba por encima de las figuras que representaban su familia: Rayos de benigna luz protectora salían del vientre del Perro y bañaban dulcemente a las siluetas del padre, de la madre y de los pequeños. Callados, lo dejaron terminar la obra y también en absoluto silencio lo observaron derrumbarse sobre sus rodillas en medio del incontrolable llanto que lo desmoronaba.
Pasados unos instantes, el joven comenzó a repetir en voz baja algunas palabras. Los Perros escucharon esta oración: “Gracias por tu sacrificio, por darnos la vida y cuidar de nuestra existencia, querido amigo. Sin tu valiente intercesión jamás podríamos acariciar las flores del valle que habitamos y que ahora hemos bautizado con tu nombre: Xolo” El muchacho se incorporó lentamente y encorvado bajo el peso de su tristeza se encaminó al helado hogar que le aguardaba. Mañana sería otro día. Tal vez uno menos triste y desafortunado.
Todavía en silencio, los rastreadores se acercaron a contemplar la pintura del muro. Apesadumbrados reconocieron en ella al Xoloescuintle alzarse sobe ellos en un ágil salto que tal vez hace no muchos días bien pudo dar alborozado al juguetear con los pequeños cachorros del Hombre. Decidieron regresar al cónclave y gruñido por gruñido contar lo que habían visto. Entonces la asamblea entera guardó reverencial silencio, y así en medio de ese silencio se retiraron de vuelta rumbo a sus distintas regiones. Algunos llevaban la cola y las orejas bajas en señal de duelo”
Quiero hacer aquí una pequeña pausa: Jamás pensé que mi amigo fuera depositario de semejantes revelaciones, y de hecho suspirando hondo, le pregunté cómo es que sabía tantas cosas y cómo era posible que conociera tan bien ese antiguo relato, pero Djembe no respondió. Me miró largamente y ladeó su cabeza en ese familiar gesto que todos conocemos de los perros. Decidí entonces no volver a interrumpirlo y paciente esperé el resto de su relato:
“Desde entonces el Perro decidió callar ante las injusticias que el Hombre comete contra él y los de su raza. Decidimos ser fuertes ante el abandono, los puntapiés, el hambre y el frío. Juramos protegerlos siempre, llegando incluso a pelear contra otros de nuestra misma especie y contra otros humanos inclusive sin antes saber con claridad por qué: todo con tal de defenderlos y protegerlos de cualquier daño posible. Potenciamos nuestros sentidos y virtudes por ustedes.
Acordamos no vengarnos jamás por los maltratos que pudiéramos recibir de parte del humano y dar siempre la bienvenida a la casa al Hombre meneando la cola para hacerle saber que lo estábamos esperando desde siempre. Mis ancestros concluyeron que nuestra misión en la tierra del Hombre era más elevada de lo que ustedes podían distinguir con sus limitados sentidos y fuimos más allá: mis antecesores resolvieron por fin abandonar la antigua prohibición que nos impusimos: los Perro ya habíamos decidido entregarnos en cuerpo y alma al Hombre. Dispusimos también entregarles de nuevo nuestro más preciado don: el de arrastrar con sus dolencias, hacerlas propias y padecerlas en nuestros pequeños cuerpos antes que permitir que el humano sufriera por ellas.
Aceptamos el calvario de la domesticación y recibimos con amor y valentía esta nueva condición de ser de su propiedad. Sumisión antes que anhelar libertad. Todo por amor.
Y es por eso, Amo, que no debes afligirte, ni ponerte mal cuando me ves tambalearme debido a esta enfermedad. No debes mortificarte en estos días que has observado al llegar a casa que no me levanto de inmediato a correr para lamer tu mano, a veces, pero sólo a veces… es muy duro para mí soportar todo esto”
Intenté con todas mis fuerzas decir algo que le aclarara que por fin había comprendido la magnitud de su historia y su relación con mi persona, pero simplemente no pude. La garganta se me cerraba y una opresión en el pecho me impedía expresar lo que sentía en ese momento. Lo único que pude hacer fue abrazarlo con fuerza: “Siempre cuidaré de ti, perrito. Eres mi responsabilidad y mi compañero fiel. A diferencia de nosotros los humanos, has hecho honor al juramento de los de tu raza, así que ahora permite que yo me haga cargo de ti”
Y Djembe se dejó abrazar. Cerró sus ojos por un fugaz momento, pero de inmediato los abrió muy grandes y felices, y creo que con certeza puedo decirles a ustedes que le vi sonreír un poco.
Todo esto que hoy les cuento me lo dijo anoche mi querido Djembe entre sueños. Luego de eso desperté.
 FIN.


Copyright©2013 Arturo Haro.