Mostrando las entradas con la etiqueta Fenómenos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Fenómenos. Mostrar todas las entradas

domingo, septiembre 15, 2013

…en qué trabaja el muchacho? Cajero de la Comer

Hace más de veinte años que decidí emplearme en algo en vacaciones. El asunto es que todo mocoso de menos de veinte requiere de algo de independencia y sobre todo, traer algo de dinero en el bolsillo para poder invitar a alguien a salir, comprarse discos, ropa… sentirse un poco más dueño de ciertas situaciones, pues.

Cansado de lavar el carro de mi madre por una pequeña propina (además por más que intenté convencerla, mi mamá nunca creyó necesario que le lavara el carro dos veces al día) y de ayudar a mis tíos en la carpintería busqué un trabajo sencillo que no me demandara mucho esfuerzo, y que me dejara un par de días libres a la semana. Así que fui a dar a la Comercial Mexicana. Por un tiempo.

La empresa solicitaba escuincles para los puestos de cajas. Mi mamá pensó que yo quería meterme de «cerillo» pero cuando le conté que me habían aceptado como cajero se quedó callada. Tal vez temía que me gustara ese trabajo y en lugar de sólo hacerlo durante vacaciones de verano decidiera hacer carrera como experto tecleador de precios, porque tal vez algunos no lo recuerden, pero los códigos de barras aún no existían en PuebloQuieto, donde vivía. Así que después de una semana de "entrenamiento" en la que te ponen a trabajar sin paga me entregaron mi flamante gafete y chaleco naranja. Entraba a las ocho de la mañana y salía a las cuatro de la tarde.

Recuerdo bien esos días en los que pasaba horas de pie saludando a señoras con una sonrisa y el clásico «¿Encontró todo lo que buscaba?» aunque nunca le vi sentido a la pregunta, porque me hacían anotar en un cuaderno aquellos artículos que las señoras copetudas me reclamaban no haber encontrado, pero mis jefes nunca revisaban esas notas. Una señora me dijo alguna vez que no había encontrado su crema para las várices y a pesar de mi cara de horror me enseñó las gordas piernas moradas que tenía. Después de sobreponerme de la impresión y tomar un té de tila y el migajón de un bolillo le dije que tomaría nota y aunque frunció el ceño y me dijo que eso no servía de nada la despedí con una sonrisa. Como se fue muy molesta, olvidó una caja de galletas finas. Le hablé para decirle pero no me hizo caso, así que llamé a un «cerillo» y le dije que me guardara las galletas en paquetería y me trajera la ficha. ÑAMMM.

Obvio el escuincle se las robó. Dicen que «ladrón que roba a ladrón…» aún así llamé a la supervisora para delatar al terrorista infantil y por supuesto que esa noche ella fue la que llevó galletas para la cena a su casa.

Como dije arriba, en el periodo preclásico no había códigos de barras en los productos. Así que todas las etiquetas tenían el precio y un código numérico en la esquinita. Uno tenía que teclear primero el código (24 para ferretería, 42 para jardinería) y luego el precio del producto. Imagínense cuando uno veía a un cliente formado con dos carritos de mercancías…

Como sea, el trabajo no era tan malo. Aunque pronto me di cuenta de una profunda injusticia: Al pagar los clientes a veces sobraba cambio: moneditas de a peso, de cincuenta centavos. Y no siempre se les podía entregar el vuelto completo, así que al terminar el día lo más probable es que hubiera algo de sobra en las cuentas, como nos hacían revisión de los bolsillos al entrar a trabajar en la mañana y antes de dejar la caja no podía guardarme nada. Yo llegaba a la caja general a hacer el corte del día, entregaba los tickets de la caja y las bolsas con dinero, así como el reporte de venta. La supervisora revisaba el ticket, hacía cuentas y me despedía con cara de jugadora de póquer: «Estás bien, que descanses» y cuando faltaba dinero me decía «Te faltan diez pesos» «Faltan ocho pesos» entonces me parecía muy injusto que sólo me dijera cuando me faltaba dinero, porque lo tenía que poner de mi bolsa. Así que decidí tomar diario una propina extra de treinta o cuarenta pesos para mí.

Al llegar al corte de caja del día la encargada me decía «Te faltan quince pesos» y yo con gusto los sacaba y se los daba, quedándome con el resto como pago adicional por soportar señoras latosas o clientes que te tratan como basura. Entonces salía con una sonrisa del trabajo y compraba un refresco y unas papas en la tienda de la esquina. Mi incipiente carrera como defraudador hormiga pintaba de lujo. Con ese dinero quizá hasta podría abrir una cuenta en las islas Caimán y dejar de preocuparme cuando pensara seriamente en jubilarme. Hasta que la División Táctica y de Investigaciones de la Comer (algo así como el FBI local) descubrió mis pequeños fraudes y me dijeron que lo que hacía era un delito. Me metieron en un cuerto pequeño para interrogarme y después de la rutina del policía bueno y el policía malo, me dejaron ir, arrepentidísimo de mi mal proceder.

Entonces tuve que volver a entregar completito el dinero y recibir un «ok, está bien, puedes irte» de parte de la supervisora que contaba ell dinero todos los días… Por supuesto que investigué quien se quedaba con esos sobrantes, porque en un cálculo rápido tomé en cuenta que en ese entonces había como veinte cajas que hacían mínimo dos cortes generales diarios. Tal vez no resulte mucho dinero, pero si lo multiplicamos por día, por los treinta días de un mes… ok, olvídenlo, sé que las matemáticas no se les dan muy bien.

No todo era gris, porque recuerdo muy bien el día que uno de mis amigos fue a comprar un disco de Metallica (creo que en aquellas fechas era el de And justice for All, una joyita bastante cara) y con el aplomo que me caracteriza tecleé algo así como veinte pesos en la clave 14 (frutas y verduras) y mii cuate se fue muy contento. Todavía le pregunté si «había encontrado todo lo que buscaba» y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo que sí. Ese día valió como ningún otro.

Dejé un par de buenos amigos y amigas en esa tienda. Pero tuve que entrar de nuevo a clases y mi carrera como cajero quedó truncada.

Y eso también es muy bueno.

jueves, agosto 15, 2013

Feliz cumpleaños, querido blog

Parece como en medio de una bruma densa, pero hace ocho años que tecleé mi primer post aquí. Eso fue en 2005. En aquél entonces escribía sobre casi cualquier cosa. Mi blog se había convertido en mi reducto para expresar aquellas cosas que de diario no podía decir: mis quejas, mis lloriqueos, o cualquier babosada que llegaba a emocionarme. Tal vez nunca fue muy bueno, pero le vi muchas posibilidades. Y seguí escribiendo. También lo utilicé para narrar algunas historias de lo que ha sido mi vida.

En esos días leía a El Huevo, a Guffo, a Rox, a Salaverga, al negro Caníbal, al buen Semidios, a Control Zape, a Ingrid, al Zórpilo, al maestro Kabeza y sus monigotes, al NEB, al Autor, a Mulder… y un enorme etcétera. Pura banda escritora. Y me di cuenta de que era algo que me gustaría hacer, porque ya desde hace mucho me gustaba contar historias.

En esos años tener un blog respetable costaba algo de trabajo, había un montón de bloggueros por todos lados y uno tenía que aplicarse a descubrir los textos que de verdad interesaban. Aprendías a separar la paja de lo bueno. Y aunque muchos se enfrascaron en la contienda de convertirse en blogstars, a mí la verdad es que me valió madre, porque me llegaban historias, estilos, cuentos, bromas, bote-prontos a montones. Dejé la carrera de blogstars a los demás.

Algunos de los autores de mi blogroll eran simplemente geniales y parecía que nada ni nadie los iba a silenciar nunca (como al buen Guffo, que para mi gusto ha sido el más constante), otros de pronto guardaban silencio durante meses y de pronto volvían a surgir renovados, con nuevas historias, anécdotas, debrayes y textos que definitivamente me llenaban de letras la cabeza.

Muchos simplemente desaparecieron, o migraron a twitter y facebook. Así es la vida. Aún recuerdo que a muchos «los conocí» en otro formato de conversación que entonces reinaba: los foros de discusión. Anduve un rato en Forinautas, en El Foro Sin Nombre, en El Foro, y conocia a muchos escritores… A un par de ellos los conocí en persona. De eso hace mucho rato ya.

Así que curiosamente hoy en este momento estoy escuchando a Botellita de Jerez, a quienes coincidentemente escuchaba en esos años… y precisamente estaba escuchando «Niña de mis ojos» cuando recordé «¡Achis? yo tenía un blog que creo que empecé hace un chingo en el mes de agosto!» Y héme aquí, revisando archivos y echando una sonrisa de vez en cuando. Recordando. Algunos de mis posts me dan pena, otros me hacen reír y otros me vuelven a hacer enojar.

Ocho años. Ocho años escribiendo aquí. Sumar tiempo no es sumar amor, pero la he pasado bien… De pronto me canso, o me da flojera, a veces no hay mucho que decir, y algunos días está uno que no encuentra la manera de contar por el gusto de contar… y si se dan una vueltecita por algunos de mis posts verán que aquí he narrado cosas importantes de mi vida. Algunas no lo serán tanto, pero si les parece celebraré los ocho años de este cuchitril re-posteando algunos de los textos que más me han divertido a mí. Si no les late, va una disculpa, porque a fin de cuentas, es mi blog y hago en él lo que se me da la gana :)

Empecemos por este, lo publiqué hace dos años:


http://sivoli.blogspot.mx/2011/12/historia-de-una-fuga.html


Por cierto, pronto escribiré una pequeña serie de textos que he tenido en mente desde hace un buen rato, así que si tienen chance dénse una vuelta por este viejo blog de vez en cuando para saludar. Aunque ya no dejen su comentario, snif.

…Y feliz cumpleaños a mi blog.

martes, mayo 07, 2013

¿Qué milagro?


No había revisado, pero ya vi que desde febrero que los tenía a dieta de debrayes y necedades. Sin embargo, sigo escribiendo, aunque no lo publique aquí.
 
Esta vez me acordé de ustedes y les traigo este cuentito aunque contarlo aquí a veces se siente como hablarle a un muro, porque generalmente uds. no se toman un momento para masticar el texto y opinar o criticarlo, deshacerlo con sarcasmos o –qué mejor– proponerme para un premio, en realidad no importa mucho. Se los dejo aquí de manera desinteresada ¿verdad que la vida es hermosa?

Antojo.

Al llegar a la entrada, el muchacho observó con detenimiento. La promoción de ese día era tentadora: El letrero del negocio proclamaba ALITAS GIGANTES 2X1 ¡SON LAS MÁS GRANDES! 
En la foto del anuncio en cuestión, un diminuto empleado uniformado con los colores de la franquicia sujetaba una ala de pollo que gracias al efecto óptico debía medir casi dos metros. El empleado sonreía sorprendido y esperanzado. La ala de pollo lucía suculenta y enorme. Así que el joven entró en el local sacando cuentas de lo que traía en su cartera y saboreándose con anticipación. Su estómago emitía ruidos.
El lugar estaba solo. No había ni un alma. Tampoco se veían meseros, aunque si hubiera alguno seguramente se aburriría bastante en medio de ese desierto. Un silencio incómodo se elevaba en todo el lugar. El joven recién llegado se asomó hasta el fondo del restaurante. Nadie. La puerta de la cocina estaba semiabierta, así que decidió entrar. Si no había gente y esas alitas eran realmente grandes entonces simplemente se robaría unas. ¿Quién se daría cuenta?
La cocina estaba a oscuras: Mesas de trabajo enormes: cuchillería colgando de sus soportes, algunas cazuelas y en una esquina un enorme cazo de imposibles proporciones. Debían cocinar en ese recipiente cargas de cientos o miles de alitas cada día.

“¡Eso o de verdad las alitas son muuuy grandes!” pensó el muchacho tratando de sonar gracioso. No lo consiguió. Ahora que miraba con mayor detenimiento, en realidad el lugar donde se encontraba no se percibía nada agradable. En la semipenumbra las sombras se convertían en amenazantes siluetas. El silencio no era quietud. Era como si instantes antes hubiera habido movimiento, dinamismo, ir y venir de gente y de pronto ¡zas! Silencio inerte. Amenazador.
El chico sintió un leve pinchazo de miedo en la espalda. Los vellos de la nuca se le erizaron. En nombre de dios, ¿Qué le sucedía? ¿No era emocionante entrar a un restaurante vacío y llevarse una caja de deliciosas alitas gratis? De pronto la idea había dejado de atraerle.
La cocina súbitamente pareció aumentar de tamaño y agigantarse: las mesas eran extrañamente descomunales, ¿cómo no lo había notado antes? la puerta de servicio que debía dar a la parte trasera del restaurante era enorme también. Tal vez era su imaginación, pero ahora todo el lugar se le antojaba de unas proporciones desmesuradas. Se sintió empequeñecido ahí, dentro de esa oscuridad silenciosa. Decidió dar la vuelta y salir de ahí pero tropezó con algo. No cayó cuan largo era, pero casi. En el piso, una mano crispada sobresalía por debajo de una alacena. Los dedos como garras se encorvaban en un espasmo sin fin.
El joven no pudo moverse. Quedó ahí de pie: anclado al piso, mirando fijamente la mano que no se movía. Alguien había entrado y había hecho desaparecer a todos, menos a éste. Con el pie intentó mover esa extremidad que se asomaba esperando que alguien se quejara, o al menos reaccionara, pero era sólo un fragmento de brazo desprendido, sanguinoliento. El chico quiso gritar, pero tampoco fue capaz de hacerlo. Detectó un movimiento afuera, en el patio de servicio. Una gran sombra cubrió la ventana y la cocina se hundió más en la negrura. Pasos. Y algo más… ¿como un aleteo? ¡Qué absurdo! El muchacho se acercó lentamente a la puerta de servicio que daba al patio trasero, aunque no se atrevía del todo a abrirla.
El pollo gigante asomó su infernal pico por la puerta. Los ojos inyectados en sangre. Y también era sangre la que escurría por todos lados. El muchacho no pudo ni pensar. En una fracción de segundo el monstruoso animal lo tomó por la cintura y lo partió en dos en un parpadeo. Todavía había conciencia en la mirada del chico cuando recibió un último picotazo que destrozó su cara y dejó un enorme agujero. El pollo lo arrastró al patio trasero junto con los demás cuerpos. El silencio volvió a imperar en todo el restaurante.
Afuera, una jovencita de rubias trenzas miraba fascinada el anuncio que prometía unas enormes y jugosas alitas. Sacó su monedero y contó el dinero. Le alcanzaba perfectamente para saciar su antojo.

FIN.

miércoles, febrero 13, 2013

Alianza de Honor (parte IV final)





… Los Perros se alejaron de la triste vivienda para buscar en los alrededores al Xoloescuintle y tal vez toparse también con el hijo mayor del clan del Hombre. Una tenue luz que vieron más adelante les sugirió acercarse, pero al hacerlo, la escena con que se toparon era aterradora: en el suelo, restos de su negra piel desollados. Huesos por doquier. Sangre. En un cuenco de madera los restos mortales del perro.
¡Venganza! Clamaron los Perros y se dieron a la tarea de olfatear para encontrar al responsable de semejante atrocidad. El joven estaba muy cerca, de frente a un enorme muro por muchas manos blanqueado. Sostenía en sus manos un trozo de la piel del Xoloescuintle que empapaba una y otra vez en un cuenco de pintura negra para luego untarla en el muro. Ya se preparaban para abalanzarse sobre el ingrato humano y resarcir el espantoso crimen cuando tuvieron que detenerse ante la sorpresa: el chico estaba llorando.
Sobe el muro enlucido, y alumbradas por vacilantes teas encendidas en la noche, estaban pintadas estilizadas representaciones del caído Xoloescuintle en diversas posturas: ladrando alegremente por ahí, mostrando con ferocidad los dientes por allá.
Mientras el joven se inclinaba sobre el muro, los perros decidieron reservarse con sigilo: El muchacho pintaba al perro abatido en una alegre estampa y lo situaba por encima de las figuras que representaban su familia: Rayos de benigna luz protectora salían del vientre del Perro y bañaban dulcemente a las siluetas del padre, de la madre y de los pequeños. Callados, lo dejaron terminar la obra y también en absoluto silencio lo observaron derrumbarse sobre sus rodillas en medio del incontrolable llanto que lo desmoronaba.
Pasados unos instantes, el joven comenzó a repetir en voz baja algunas palabras. Los Perros escucharon esta oración: “Gracias por tu sacrificio, por darnos la vida y cuidar de nuestra existencia, querido amigo. Sin tu valiente intercesión jamás podríamos acariciar las flores del valle que habitamos y que ahora hemos bautizado con tu nombre: Xolo” El muchacho se incorporó lentamente y encorvado bajo el peso de su tristeza se encaminó al helado hogar que le aguardaba. Mañana sería otro día. Tal vez uno menos triste y desafortunado.
Todavía en silencio, los rastreadores se acercaron a contemplar la pintura del muro. Apesadumbrados reconocieron en ella al Xoloescuintle alzarse sobe ellos en un ágil salto que tal vez hace no muchos días bien pudo dar alborozado al juguetear con los pequeños cachorros del Hombre. Decidieron regresar al cónclave y gruñido por gruñido contar lo que habían visto. Entonces la asamblea entera guardó reverencial silencio, y así en medio de ese silencio se retiraron de vuelta rumbo a sus distintas regiones. Algunos llevaban la cola y las orejas bajas en señal de duelo”
Quiero hacer aquí una pequeña pausa: Jamás pensé que mi amigo fuera depositario de semejantes revelaciones, y de hecho suspirando hondo, le pregunté cómo es que sabía tantas cosas y cómo era posible que conociera tan bien ese antiguo relato, pero Djembe no respondió. Me miró largamente y ladeó su cabeza en ese familiar gesto que todos conocemos de los perros. Decidí entonces no volver a interrumpirlo y paciente esperé el resto de su relato:
“Desde entonces el Perro decidió callar ante las injusticias que el Hombre comete contra él y los de su raza. Decidimos ser fuertes ante el abandono, los puntapiés, el hambre y el frío. Juramos protegerlos siempre, llegando incluso a pelear contra otros de nuestra misma especie y contra otros humanos inclusive sin antes saber con claridad por qué: todo con tal de defenderlos y protegerlos de cualquier daño posible. Potenciamos nuestros sentidos y virtudes por ustedes.
Acordamos no vengarnos jamás por los maltratos que pudiéramos recibir de parte del humano y dar siempre la bienvenida a la casa al Hombre meneando la cola para hacerle saber que lo estábamos esperando desde siempre. Mis ancestros concluyeron que nuestra misión en la tierra del Hombre era más elevada de lo que ustedes podían distinguir con sus limitados sentidos y fuimos más allá: mis antecesores resolvieron por fin abandonar la antigua prohibición que nos impusimos: los Perro ya habíamos decidido entregarnos en cuerpo y alma al Hombre. Dispusimos también entregarles de nuevo nuestro más preciado don: el de arrastrar con sus dolencias, hacerlas propias y padecerlas en nuestros pequeños cuerpos antes que permitir que el humano sufriera por ellas.
Aceptamos el calvario de la domesticación y recibimos con amor y valentía esta nueva condición de ser de su propiedad. Sumisión antes que anhelar libertad. Todo por amor.
Y es por eso, Amo, que no debes afligirte, ni ponerte mal cuando me ves tambalearme debido a esta enfermedad. No debes mortificarte en estos días que has observado al llegar a casa que no me levanto de inmediato a correr para lamer tu mano, a veces, pero sólo a veces… es muy duro para mí soportar todo esto”
Intenté con todas mis fuerzas decir algo que le aclarara que por fin había comprendido la magnitud de su historia y su relación con mi persona, pero simplemente no pude. La garganta se me cerraba y una opresión en el pecho me impedía expresar lo que sentía en ese momento. Lo único que pude hacer fue abrazarlo con fuerza: “Siempre cuidaré de ti, perrito. Eres mi responsabilidad y mi compañero fiel. A diferencia de nosotros los humanos, has hecho honor al juramento de los de tu raza, así que ahora permite que yo me haga cargo de ti”
Y Djembe se dejó abrazar. Cerró sus ojos por un fugaz momento, pero de inmediato los abrió muy grandes y felices, y creo que con certeza puedo decirles a ustedes que le vi sonreír un poco.
Todo esto que hoy les cuento me lo dijo anoche mi querido Djembe entre sueños. Luego de eso desperté.
 FIN.


Copyright©2013 Arturo Haro.