viernes, marzo 30, 2007

Me salva

Si en algo creo, es en la fuerza de la música. Es difícil explicarlo.

No soy místico ni me entretengo en ondas de karma, fuerzas invisibles, misterios sin resolver, bla bla bla. A veces pienso que es triste ser así, pero otras veces resulta que simplemente me gusta ser así, me divierte. ¿Escéptico? puede ser... a lo mejor no en el sentido purista de la palabra. No importa...

Por eso cuando las cosas se ponen feas, cuando parece que no hay de otra mas que seguir soportando lo mismo día tras día no se me ocurre nunca pensar que "algo malo hice antes y se me está regresando", o que con mis actos estoy "desequilibrando fuerzas" y por eso me suceden las cosas que suceden. Puaj! esas se me hacen muletas para quienes no desean afrontar su realidad por más pinche o llena de cosas chidas esté... No, no, no. Las cosas suceden casi siempre a consecuencia de nuestros actos. No recibimos castigos de nadie. No se nos está "educando" mediante sufrimientos. Eso de que las cosas "pasan por algo" simplemente me causa náusea escucharlo.

Estos días han sido muy difíciles. Podría escribir acerca de mis quejas diarias contra todo y llenar posts y más posts con diferentes tonos de lamentaciones. Estas han sido épocas muy difíciles, dolorosas, tristes, complicadas, molestas. Malas, pues. Estos días han sido verdaderamente desalentadores. Se podría decir que estoy harto, cansado, hasta la madre... Y es peor llegar a acostarte y dormir pensando en que mañana será otro día, aunque muy por debajo sientes que aparece reptando la idea de que el día de mañana será igual o peor. Se desliza lentamente y se implanta en lo que serán tus sueños, para que al levantarte el día siguiente encuentres todo igual de mal.

Así han pasado días. Y ya son varios. Durante la mayor parte del día anda uno como zombie, pensando sin pensar, actuando sin saber en que, viajando en esa inercia, dejándose llevar por esa gravedad que atrae sin remedio... Esperando a que termine el día. Temiendo que luego le siga otro y otro y que resulten iguales todos. Espera uno a que termine el día, pero no quiere que llegue la noche. Así pasa el día...


Y luego, llega la hora de la música. Llega el momento en que tengo que preparar mi equipo, afinar de nuevo, acomodar esto para que me quede a la mano, levantar aquello que estorba y no dejará salir el sonido del instrumento con claridad, modular la salida de este micrófono, revisar de nuevo si no necesito ajustar nada más, tratar de recordar esa canción que aún no me sale del todo bien, ubicarme dentro del escenario...

... luego se enciende una luz. Potente.

Algo pasa en el ambiente que algunos guardan silencio, otros sigun en su plática pero bajan la voz, como si fuera un atrevimiento conversar mientras arriba en el escenario algo importante sucede, no falta quien acomode su butaca o se sirva un trago nuevo. Acá arriba se siente una vibra, un nervio (que no me ha dejado nunca), una incertidumbre... y llega el momento en que decides con cual rola empezar (¿una que me guste? ¿una para la gente? ¿algo tranquilo? ¿algo que sacuda desde el principio?¿un clásico?), ajustas una vez más ese cable que te estorba, revisas por enésima vez que todo esté listo, respiras hondo como si fueras a lanzarte un clavado, inicias la cuenta... 1... 2... 3... 4...

Y entonces surge lo mejor de tí. Esa parte que no habías visto durante el día, esa parte que parece dormir mientras soportas la tristeza de un día completo, el enojo, los errores, las prisas, los malos recuerdos, los desaires. Es cuando aparece (¿cómo que aparece? ¡si siempre había estado ahí!) Surge a veces lentamente, como asomándose con cierta precaución, pues sabe que afuera las cosas están difíciles. Otras veces no se asoma, simplemente brinca hacia afuera, salta tirando todo, haciendo un escándalo, anunciando su llegada con fuerza, pues estaba harta de habérsela pasado dentro, aguantándose...

Y la música salva. Hace que todo se ubique dentro de otra perspectiva.

Me explico, no es que la considere terapéutica. Ni una panacea. Pero cuando llega ese momento, la hora de tocar... todo lo demás se ubica en otro plano, no desaparece, no se minimiza, no se desintegra. Simplemente se acomoda por ahí, (¿como espectador?) tal vez escuchando, a lo mejor hasta se bebe algo (y me manda una de cortesía) y esperando a que termine la presentación para acompañarme de regreso a casa, volverme a cubrir como un abrigo, (o como una losa), pero en ese momento se ubica donde no daña más, donde se puede apreciar desde lejos, es en ese momento que bien puedes dejarte encandilar por las luces del escenario, que te bloquean la vista, te enceguecen aunque sea sólo durante el tiempo en que duran los acordes, por lo menos un buen rato, una velada, unas horas, hasta que dices "Gracias, buenas noches"

A veces juega con uno, se divierte a mis costillas, a veces se pone de malas, y te pone de malas, te hace encabronar como lo haría cualquier buen amigo. Otras veces se sienta al lado tuyo y te dice al oído que sigue, te aconseja, te seduce o te cuenta un chiste de pésimo gusto. En todo caso, te acompaña, está ahí, presente, contigo. Y, ¿saben algo? al final, siempre, siempre odia despedirse. Y uno odia decirle adiós, aunque sepas que la verás de nuevo pronto. Duele despedirse cuando hay amor.

La música salva, neta.

Es difícil que lo diga, y supongo que es más difícil que alguien más lo entienda como yo. Pero siempre ha estado ahí. Agazapada, tolerando el encierro, soportando los rigores de una vida común y corriente, esperando que llegue el momento en que tenga que aparecer en escena y hacer que por breves instantes todo cambie, sea mejor. Sea bueno.

Esperanzador.


Nos vemos depués, tengo que ir a montar el escenario de nuevo.

Cuídense.

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