jueves, noviembre 19, 2009
miércoles, octubre 21, 2009
Alejandra Guzmán y su cirugía
No sé por qué la hacen tanto de tos, si esta sustancia ha sido la más inofensiva que se ha metido en el cuerpo en toda su vida.
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Sivoli
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4:33 PM
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jueves, octubre 01, 2009
Mujeres Asesinas
Cuando terminaste conmigo sólo sujetaste tu cabello con ese movimiento tan característico. Por lo menos te acaloraste un poco. Esa es mi venganza.
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Sivoli
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9:24 AM
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miércoles, septiembre 30, 2009
Cuento corto
¡Ya estoy escribiendo con asesoría...! Me ha ido bastante bien, aquí posteo un cuentito tal cual lo escribí, para luego señalar algunos detalles que tuve que corregir. Mis principales broncas son con la comprensión de los distintos tipos de narradores, entonces a veces estoy en omnisciente pero cometo algunos "pecadillos" que bien corresponden a otro tipo de narrador.
No es grave, supongo, a ver que les parece. Acepto críticas inteligentes.
Apagón.
Esa noche, Flor subía en el ascensor de su edificio y se fijaba en todos los detalles de la gente que iba ahí encerrada en esa cajita metálica junto a ella: El ejecutivo que regresaba del trabajo vestido impecablemente, pero con un tic nervioso muy visible en la mejilla derecha. Daba la impresión de sentirse asfixiado ahí dentro, se jalaba la corbata continuamente como si ésta le apretara demasiado. Su maletín descansaba en el suelo. Y al parecer su estado de ánimo también. La imaginación de Flor la hizo imaginarlo como un perfecto psicópata. Ya sabes, de esos que ni pío dicen, y que caminan de manera discreta, con la mirada baja, pero que secretamente tienen en su refrigerador bolsitas con los restos de las personas que han sorprendido en alguna calle solitaria y poco iluminada. Detrás de sus lentes opacos un par de ojos pequeños desprovistos de brillo miraban al exterior. Tal vez midiendo, tal vez sopesando. Flor se había burlado de él repetidas veces, “Es un zoquete, mírenlo. Un bicho raro” El tipo pasaba de largo sin decir nada.
Estaba también la señora López, de unos cuarenta años, que vivía sola en el octavo piso. Era alta, no era hermosa, pero llamaba la atención de los vecinos. Muy reservada y silenciosa. Cuando uno la saludaba sólo hacía un ademán con la cabeza. Algunos decían que estaba sola porque el marido la había dejado para irse con una amante más joven que ella, otros contaban que peleaban mucho y que el tipo la golpeaba. Algunos otros presumían de saber la historia completa: El tipo la golpeaba, sí. Sobre todo cuando tomaba. Y tenía una amante, también, pero una tarde que regresó temprano a su casa después de haber estado en el bar con sus amigos toda la tarde, la encontró con un jovencito. Pelearon y ella lo sorprendió con un cuchillo en el abdomen. Nunca se supo que hizo con el cuerpo. Eso decían algunos. Los vecinos de piso de la señora López decían que habían visto entrar en repetidas ocasiones a su departamento a una o dos mujeres. No miraban a nadie. No tocaban la puerta. Sólo entraban, estaban ahí durante un buen rato y luego salían sin hacer ruido. Y pensaban que nadie las veía. O no les importaba. ¿Eran amigas? ¿cómplices de algo? Flor investigó un poco pero la señora López la descubrió husmeando y cuando eso pasó Flor salió corriendo de su departamento. Se ocultó en el suyo durante una semana sin asomar siquiera la nariz. La señora López la había sorprendido y eso estuvo muy mal. Nunca dijo nada, pero cuando se encontraban por los pasillos Flor prácticamente se escurría con la mirada baja para caminar a toda prisa y desaparecer de su vista.
En el mismo ascensor y detrás de Flor estaba Don Javier, quien había quedado viudo hace 15 años, a la edad de 50. Amargado y solitario ahora, en su juventud había jugado en algún equipo profesional de futbol, luego, fue director técnico del equipo, ganaba bien, la vida le sonreía y el futuro parecía promisorio para una persona madura. No tenía hijos, pero su vida entera se centraba en su esposa, más joven que él, hermosa y llena de energía, con una carrera como pianista por delante y que tuvo que morir a manos de aquél borracho que esa horrible tarde conducía su camioneta a exceso de velocidad. Muchos decían que Don Javier se había vuelto loco de dolor, que desde entonces buscaba a su esposa en cuanta mujer se encontraba, que las seguía para asegurarse si no eran ella y que más de una vez trató de suicidarse al recordar con increíble dolor esa ausencia forzada. Lo encontraron colgando de la viga central de su sala. Los ojos desorbitados, la lengua de fuera, meciéndose lentamente, alcanzaron a rescatarlo, pero nadie lo agradeció, mucho menos Don Javier. En adelante se le vería como una aparición. No hablaba, ni sonreía. Sólo miraba. Y podías sentir que esos ojos te traspasaban. Aunque ya hubieras dado vuelta la esquina. Desde hacía poco que Flor sentía que la miraba más de lo acostumbrado, al cruzar con ella en el vestíbulo del edificio. La ponía nerviosa.
Flor abrió su libro para recordar en que se había quedado. Pero antes alcanzó a ver de reojo a Julián, el vecino del departamento de enfrente. Alto, flaco, y con esa melena que le tapaba la mitad del rostro todo el tiempo. Se decían muchas cosas de él, que perseguía jovencitas, que lo habían detenido más de una vez por haber acosado a chiquillas de quince años a la salida del colegio, aterrorizándolas hasta que sus padres tomaron cartas en el asunto. Era un tipo con el que no conviene toparse a solas. Mucho menos si eres mujer.
Lucía le había contado alguna vez que Julián había tenido relaciones con ella en una aventura que duró poco menos de medio año y que estuvo embarazada de él, aunque la convenció de abortar y deshacerse del problema si es que quería seguir con él. Una vez que lo hizo la abandonó, sin explicaciones, sin adioses, sin lágrimas ni enojos.
-Ten cuidado –le dijo Lucía-. No lo conoces, y es peligroso.
No importaba. A Flor le gustaba Julián y le preocupaba todo lo que decían de él. Más de una vez se lo encontró por los pasillos del edificio, en el elevador, o al salir a la calle. A veces le parecía una coincidencia feliz, otras veces sospechaba que no había sido accidente ese encuentro. Se ponía nerviosa y seguía caminando sin detenerse. Un “¡adiós!” y eso era todo. Luego pensaba que había sido una tonta, que se supone que debería de abrir un espacio para que él se animara a dar el primer paso. Pero, ¿y si era verdad lo que decían? ¿y si era peligroso? ¿y si en lugar de saludarla o iniciar plática se le antojaba otra cosa?
Mientras pensaba en esas cosas lo veía de reojo. De pronto Julián volteó y la vio. Le sostuvo la mirada unos segundos, inexpresiva y algo fría, para luego mirar hacia arriba, a donde los números luminosos indicaban que el ascensor seguía subiendo.
De pronto, las luces parpadearon. El ascensor dio un pequeño brinco. Don Javier murmuró furioso algo incomprensible. La señora López alcanzó a decir un “¡Jesús!”. El ejecutivo miró hacia arriba y soltó un largo suspiro, nervioso. Julián veía al piso y una pequeña sonrisa apareció en sus labios. A Flor se le cayó el libro de las manos. Fue un parpadeo solamente y un pequeño brinco, el elevador continuó hacia arriba. La señora López recogió el libro y lo devolvió a Flor. No hubo ni un “gracias” ni un “de nada”.
Las luces se apagaron. El elevador murió con el estómago lleno de gente. Se hizo un silencio denso. Las luces de emergencia que se supone deberían de encender no lo hicieron. Flor escuchaba la respiración de todos. El ejecutivo empezó a gritar “¡Hey! ¡Alguien ayúdenos!” trataba de sonar tranquilo, pero en realidad su grito se escuchó aterrado. Empezó a golpear las puertas, para luego rendirse. La señora López retrocedió hacia una esquina del ascensor. Don Javier guardó silencio absoluto. Julián tampoco hizo ruido.
Afuera no se escuchaba ni un ruido. El apagón era general en toda la cuadra.
-Bueno, tranquilos –dijo Flor- ¿qué les parece si nos tranquilizamos un poco? Podemos platicar de algo, lo que sea, hasta que llegue alguien a ayudarnos…
Una mano le rodeó la cintura, el contacto la hizo saltar un poquito. Pero ya no dijo nada. ¿Sería Julián? Esperaba que sí, que por fin algo sucediera, aunque una oleada de temor le recorrió la espalda. Ya estaba dispuesta a guardar silencio y ver que pasaba, total, estaban entre más gente, ¿qué podía suceder? La mano tiró de ella con fuerza y suavidad al mismo tiempo.
Flor pensó que, efectivamente, era Julián, que por fin se había decidido a actuar, aprovechando ese breve instante donde podían estar a solas aún en medio de la gente. Flor pensó que estaba bien, que podía permitirse una aventura de ese tipo. Que sería un secreto entre dos. Algo que contar. Algo excitante. Fugaz. Oculto.
El golpe vino desde abajo. Un golpe certero, rápido. Preciso. Una sensación de calor le invadió desde el costado derecho de la espalda. Flor se tocó la blusa y la sintió mojada. Entonces todo empezó a dar vueltas y vueltas con rapidez incontrolable. Entonces lo supo. Ya no le debía nada a nadie. De ponto, el espacio dentro del elevador pareció ensancharse. Las paredes se alejaron y se perdieron para siempre. El piso desapareció. Flor se sintió más sola que nunca. Sola en el interior de una cápsula de metal inerte. Sola dentro de su edificio.
Cayó poco a poco. El libro se le escapó de las manos que lo habían manchado. Alguien lo tomó sin hacer ruido.
Las luces del elevador se encendieron y con un brinco y un zumbido inquietante reinició su ascenso. Nadie volteó a verla. Nadie se miró entre sí. Nadie dijo nada. Cuando las puertas se abrieron todos salieron en el mismo piso.
Flor se quedó. Ya no tenía que llegar a su casa.
FIN.
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Sivoli
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6:42 PM
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miércoles, septiembre 23, 2009
Nocturna
Estoy leyendo el libro de Guillermo del Toro y Chuck Hogan. (Por recomendación de Héctor)
Está espantoso.
Lo reconozco, anoche lo tuve que cerrar para no leer más. Cuando me acosté tuve mucho cuidado de no sacar los pies de la cama y de envolverme bien con los cobertores. Me imaginé a un güey afuera, observándome mientras daba vueltas en mi cama. Insomne.
Al final sí pude dormir. Pero no supe a que hora fue.
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Sivoli
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9:09 AM
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martes, septiembre 15, 2009
Viejas manejando
Nunca, pero nunca, nunca me ha tocado que en una intersección o fila de autos una mujer me ceda el paso y me permita entrar.
Hoy sucedió de nuevo. Quise aplicar la que ellas aplican con nosotros y le sonreí con esa sonrisa conquistadora que tengo (la número 6) para ver si me daba chance.
Pinche vieja, aceleró y me aventó el carro, como si fuera chilanga. Y la fila era enorme. Avanzó y poquito antes de que dejara de verla volteó a lanzarme una mirada asesina (que yo utilizo la número 12 para esos casos, pero soy hombre, en mi caso es justificable.)
Insisto, no deberían manejar un artefacto tan complejo como un coche, snif.
A veces las odio.
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Sivoli
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5:35 PM
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miércoles, septiembre 09, 2009
Probando... probando...
Me inscribí a un curso.
Sé que muchas de las veces escribe uno asuntos incomprensibles. De manera críptica. Otras veces es medio pinchi ver que lo que uno siente queda reducido a palabras y por lo tanto, pierde mucho de su esencia, de su significado y en ocasiones hasta acarrea comentarios fuera de lugar.
Otras veces ando por la calle y se me ocurre una idea que considero buena, original, con chispa, botana, ocurrente, chingona, pues... y le doy vueltas un rato y luego... nada. Luego hasta la olvido, snif.
Me inscribí a un Taller de Creación Literaria. Siempre me ha gustado escribir, lo que no me consta es que transmita lo que quiero. ¿Oficio de escritor? no se si lo tengo.
A ver que sucede, ¿no?
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Sivoli
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8:43 AM
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